Los evangelios nos ofrecen dos tipos de relatos acerca de la resurrección de Jesucristo: la tumba vacía y las apariciones. Lo sugestivo de los relatos de la tumba vacía está en que nos invitan a responder a una pregunta que urge respuesta: ¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Ello quiere decir, con no disimulada claridad, que la importancia de la resurrección no está en verificar que Jesús se levantó de una tumba, sino en descubrir su presencia viva y actuante en la historia y en nuestra historia; por ello, en contraste con los relatos de la tumba vacía, los que se refieren a las apariciones dejan muy claro que el que ahora vive es el mismo que actúo en la historia, que comió y bebió con ellos, que predicó el Reino de Dios y en la cena de despedida quiso quedarse para siempre en la fracción del pan.
Busquemos la presencia de Jesús vivo, para no engañarnos en discusiones sin sentido sobre la verdad o no de algunas piedades, su legitimidad o su capacidad de distraernos de la amalgama de realidades humanas que nos señalan los relatos de pasión con su fuerza y su dinámica interna; al hacernos ver que, en los procesos de condena y asesinato de Jesús de Nazaret, se condensa lo más rastrero de la maldad humana unido a la grandeza del Maestro Galileo que entrega su vida en total y absoluta confianza en el Dios al que llamó Padre y su Padre. En serena aceptación de lo que se urdió contra Él, pero en clara actitud de desenmascarar lo que desde Pilato, el Sanedrín y sus apóstoles cercanos, se revela de lo que puede ser capaz el ser humano si no se deja tocar por la misericordia y la bondad del Padre.
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La resurrección de Jesús no es asunto de pruebas o razonamientos, sino de entrega confiada en la fe a la singular aventura de saber quién y cómo es el Dios que se nos revela a través de su predicación del Reino y de su hacerlo presente con sus hechos de preferencia por los marginados y excluidos, por lo despreciable de este mundo, pero precioso a los ojos de Dios: las víctimas inocentes injustamente condenadas a la pobreza, la miseria, la exclusión y la negación de su condición de hijos de Dios en el Cristo, imágenes de Dios Padre y templos del Santo Espíritu.
Celebración singular del triunfo de la vida sobre toda instancia de muerte, renovación de la urgente llamada a tomar postura y actuar de maneras diferentes en un mundo violento y amenazador de la supervivencia de los seres humanos. Llamados a la búsqueda sincera de no dejarnos polarizar por las fuerzas de la muerte en un país que con tanta sana devoción en pueblitos y veredas sigue creyendo que Jesús resucitado vive y actúa en cada circunstancia y cada realidad de la vida cotidiana. Triunfo de la vida sobre la muerte, eso es Resurrección, resucitemos en Él, el Cristo, el Señor.