Columna

La élite y el fracaso de Colombia

“Si la élite es algo tan importante para un país, ¿qué futuro tendrá un Estado con una élite degenerada, egoísta y corrupta?…”.

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ALFREDO RAMÍREZ NÁRDIZ
22 ABR 2025 - 12:00 AM

Es un lugar común en la teoría política considerar que las sociedades evolucionan, se transforman, o viven revoluciones, en función de la actitud de sus élites. Desde Pareto hasta Sartori, pasando por Schumpeter o Michels, cualquier teórico político elitista destacará la importancia de las élites muy por encima de la del pueblo en cualquier cambio que una sociedad haya de sufrir. Así, las revoluciones se dan cuando la élite dirigente duda de sí misma, no es capaz de resistir el embate revolucionario y cede; el modelo social resultante de la revolución vendrá definido por la nueva élite que ocupe el poder, cuáles sean sus intereses y los pactos internos entre sus miembros; etc. En todo caso, siempre habrá una élite al frente y siempre será ella (y la lucha con la anterior élite) lo que protagonice el devenir social, no siendo los ciudadanos más que actores secundarios del drama que creen protagonizar.

Evidentemente, si la élite es algo tan importante para un país, ¿qué futuro tendrá un Estado con una élite degenerada, egoísta y corrupta? Esa es, en mi opinión, una de las causas de fondo del fracaso constante de Colombia como sociedad: sus élites y el rol que desde la Independencia han elegido tomar. Un rol de aseguramiento del statu quo y de freno a cualquier transformación social que pudiese poner en peligro los privilegios que le garantiza ese statu quo. Una élite racista, endogámica hasta lo enfermizo, convencida de que el país le pertenece por derecho de sangre y atrincherada en un marasmo normativo cuyo objeto no es otro que favorecer que, en la práctica, no sean la ley y el Derecho, sino la corrupción y la violencia las verdaderas llaves del poder. Poder que, por supuesto, no es del pueblo, sino de la élite eterna.

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La pobreza económica y la miseria moral de Colombia son el fruto de los actos perfectamente conscientes de esta élite. Su éxito es el fracaso de la nación. Permite que el país progrese sólo si le beneficia y hasta donde le beneficia. Detiene cualquier cosa que pueda percibir como una amenaza a su poder. Esa élite creó en el pasado monstruos armados para defenderse del pueblo y ahora tolera al actual habitante de la Casa de Nariño, por idéntica razón por la que toleró en el pasado reciente a otros aparentemente tan diferentes de él: porque le es útil. El demagogo canta y los tontitos bailan. Pero el rostro que sonríe en la penumbra del escenario siempre es el mismo. Lleva doscientos años siéndolo.

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