Columna

Elogio de la estupidez

“La estupidez -afirma Erasmo- es protectora del poder, por ello, muchos gobernantes se rodean de aduladores...”.

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Yezid Carrillo De La Rosa
10 MAY 2025 - 12:00 AM

“Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo, y no estoy seguro de lo segundo”, Albert Einstein.

En el libro “Elogio de la estupidez”, más conocido como: “Elogio de la locura”, Erasmo de Rotterdam promueve una demoledora crítica contra el dogmatismo y el fanatismo religioso de su época, que consideró institucionalizaba la locura y la estupidez en la sociedad. Una estupidez -señala- que se caracteriza, primero, porque quien la tiene no sabe que la posee y, segundo, porque quien la posee es muy feliz.

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Hoy, cinco siglos después, muchos de sus reproches siguen vigentes y pueden extenderse a “lo político” (concepto) y a la “política” (práctica) que se viene promoviendo en Latinoamérica, la cual se asemeja -cada vez más- a una especie de religión secular en la que pueden distinguirse dos rasgos: el primero es su desprecio por el ciudadano informado y analítico, al que sustituye por una caterva de fieles y fervorosos seguidores que solo deben asentir y aplaudir, que han sustituido el pensamiento por la repetición de un libreto ideológico previamente aprendido y que han suprimido la sospecha por la obediencia ciega. El segundo es el fomento de líderes populistas y demagogos -de izquierda y de derecha- que responden a una autoimagen mesiánica y narcisista, que demandan una fe inquebrantable frente a sus caprichos ideológicos, que asimilan la duda y la crítica con la herejía y que sólo parecen tener un objetivo: acumular y preservar el poder mientras “erosionan la democracia”.

Erasmo muestra cómo en las sociedades dominadas por los fundamentalismo y las pasiones se privilegia la sumisión y se castiga la lucidez, por ello, quienes piensan, recelan o examinan son silenciados, no por falta de razón, sino porque sus palabras -afirma- rompen el hechizo colectivo de la “estupidez organizada”, una estupidez que en ocasiones ha justificado la hoguera, la guillotina, las desapariciones físicas, el aislamiento o -como hoy- la desacreditación en las redes sociales en contra de apóstatas y heterodoxos.

La estupidez -afirma Erasmo- es protectora del poder, por ello, muchos gobernantes se rodean de aduladores y de expertos funcionales que cumplen sus deseos, gracias a los cuales creen que tienen siempre la razón, que son geniales, aun cuando sean mediocres, o que apelen al uso de símbolos y metáforas que solo pretenden ocultar que en el fondo no saben lo que dicen ni lo que hacen, lo que les permite permanecer cegado en su propia importancia y en su burbuja de poder. Por eso se pregunta: ¿qué pasa si los locos no están en los hospitales, sino en los tronos? ¿Si la estupidez, lejos de ser marginal, se encuentra en la base de nuestras instituciones? y ¿si el verdadero desafío no es despertar a los estúpidos, sino a los lúcidos?

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