En política, como en la vida, los errores se pagan caro. Colombia cometió uno en 2022. Y si la oposición democrática no reacciona a tiempo, estamos a punto de reincidir en el continuismo de la izquierda. En menos de un cuatrienio, se ha agravado la inseguridad, la parálisis económica y la polarización política, debilitando la cohesión nacional. Al mismo tiempo, se ha deteriorado la confianza inversionista, se ha tensado la relación con el sector productivo y se ha instalado en la opinión pública una narrativa de antagonismo entre el Estado y la empresa privada Y, sin embargo, hoy hay una fuerza articulada que canalice el malestar ciudadano y proponga un nuevo rumbo, no solo viable, sino esperanzador.
La izquierda llegó al poder prometiendo el cielo: justicia social, paz total, lucha contra la corrupción, “el cambio”. Pero el resultado ha sido otro: improvisación, inseguridad desbordada, deterioro institucional y una economía que pierde pulso. Aun así, no hay que subestimarla: es hábil para el discurso, maneja con destreza el relato emocional y sabe cómo movilizar frustraciones legítimas. Sabe vender humo… y lo hace bien.
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Hoy, quienes no comulgan con ese proyecto están desconectados, divididos y sin una hoja de ruta común. Mientras la izquierda alista su reelección —sea directa o encubierta— el centro y la derecha juegan a las candidaturas sueltas. El tiempo apremia. La ventana estratégica para armar una gran coalición se está cerrando, y no hacer nada equivaldría a entregarle en bandeja el país a cuatro años más de populismo y retroceso.
En el panorama electoral han surgido nombres que, en teoría, podrían representar un contrapeso con capacidad de disputarse el poder. No se trata de falta de opciones: hay experiencia, preparación y capital político. Están David Luna, con un enfoque moderno, centrado en la innovación, y una propuesta política que habla a nuevas audiencias; Miguel Uribe, con una narrativa coherente de orden, legalidad y seguridad ciudadana, como pilares para la recuperación institucional del país; Federico Gutiérrez, con un liderazgo firme, experiencia en seguridad urbana y capacidad de conectar con sectores populares; Juan Daniel Oviedo, con una propuesta de centro que combina rigor técnico y vocación ciudadana, dirigida a quienes no se sienten parte de los extremos; María Fernanda Cabal, con un discurso ideológico sólido y una conexión efectiva con un segmento amplio del electorado conservador; y Germán Vargas Lleras, con una trayectoria política extensa y amplio conocimiento del funcionamiento del Estado, respaldado por décadas de presencia en los círculos tradicionales del poder.
El problema no es la falta de candidatos, sino la ausencia de una estrategia que sea, al mismo tiempo, colectiva y unificadora. Cada uno juega por su cuenta: unos recogen firmas, otros hacen giras discretas, algunos se refugian en redes sociales. Nadie coordina. Nadie cede. Nadie lidera. Mientras tanto, el gobierno actual, lejos de consolidarse, transita entre crisis políticas recurrentes, enfrentamientos con otras ramas del poder público e incumplimientos sistemáticos de sus promesas. La desconfianza crece, pero el vacío que deja no lo ocupa nadie. Y ese vacío —como quedó demostrado en las elecciones de 2022— no se llena necesariamente con propuestas estructuradas, sino con afinidades emocionales. El riesgo de que vuelva a ser tomado por una figura populista o una narrativa simplista es alto. Si la centro-derecha no articula pronto un mensaje coherente, una visión compartida y una estrategia común, el 2026 podría convertirse en una repetición de errores ya conocidos, con nuevos rostros que encubren la misma esencia y una ideología ha demostrado reiteradamente su incapacidad para gobernar con eficacia.
La crítica sin propuesta es solo ruido. Las fuerzas democráticas del centro y la derecha tienen la responsabilidad —y la urgencia— de construir una alternativa real, articulada y visible. Colombia no necesita una coalición improvisada ni una alianza de última hora, sino un proyecto coherente, serio y convocante, basado en principios compartidos: libertad, legalidad, estabilidad económica, oportunidades reales de progreso y respaldo al sector privado como pilar del desarrollo. Las opciones existen. Lo que aún no aparece es ese impulso colectivo capaz de volverlas una sola fuerza, con la claridad y la convicción necesarias para disputar el poder con coherencia y rumbo.
Para que esa alternativa tome forma, se necesita algo más que buenas intenciones: se necesita decisión. El candidato único debe surgir de un mecanismo legítimo, pactado y creíble. Entre las alternativas posibles está la realización de una encuesta nacional entre campañas, coordinada por una firma independiente; una consulta interpartidista con reglas claras, organizada dentro del calendario electoral; un acuerdo político directo entre líderes, mediado por actores confiables; o una serie de debates públicos con evaluaciones posteriores que midan impacto, capacidad y conexión con la ciudadanía.
El método puede variar. Lo inaplazable es el consenso. El tiempo político se acorta, y la dispersión no hace más que facilitar el camino a quienes quieren prolongar el poder sin resultados. La estrategia debe empezar ahora. Porque sin rumbo, no habrá relevo.