Tras un arduo recorrido llegaron al monasterio italiano. En lo alto de un monte, era oscuro, húmedo y sucio, igual que la época que les había tocado vivir. Fue solo entrar al monasterio y la razón de su viaje perdió toda importancia. Un inesperado evento obligó al abad a solicitarles que muy sigilosamente y sin armar barullo investigaran la sospechosa muerte de uno de los monjes. El largo viaje tenía solo un propósito. Se les había encargado asistir a una reunión intelectual y filosófica que zanjaría la discusión entre los franciscanos y los representantes del papa. Estos últimos exigían un cambio en el pensamiento franciscano, pues, de lo contrario, pondrían en peligro el poder del papa y de la iglesia y ante ello, la amenaza papal era declararlos en herejía. Los franciscanos vivían y promovían la pobreza y el total desprendimiento de cualquier propiedad o riqueza con el argumento que la iglesia debía vivir sin riquezas ni poder en coherencia con la vida de Cristo y sus apóstoles.
Lo anterior es un resumen del hermoso libro ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco, que vale la pena releer. Bueno, igual cosa pasa con la gigantesca película que con el mismo nombre se presentó en cartelera hace muchos años. Sobre la palabra coherencia, el diccionario tiene varias acepciones. La más cercana a la que manejamos en la actualidad afirma que es la “actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan”. Expertos afirman que la coherencia es mejor definida por frases como “decir lo que se piensa y hacer lo que se dice”. Hace más de 2.000 años ya Cicerón exigía que al momento de hablar, especialmente en público, debía haber conexión lógica entre las ideas que se tenía y los argumentos que se esgrimía al momento de hacer verbales los pensamientos.
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Traigo a cuento lo anterior puesto que, a casi tres años del siete de agosto de 2022, recordamos célebres frases y promesas que, según los medios y algunos opositores, no se han visto ni convertido en hechos. Aquí anoto algunas de ellas y no agrediré su intelecto con subjetivas opiniones para permitir que cada uno juzgue por sí mismo: “Conseguir la paz verdadera y definitiva”; “Dialogaré con todos y todas, sin excepciones ni exclusiones”; “Nos une la voluntad de futuro, no el peso del pasado”; “El diálogo será mi método”; “No se gobierna a distancia, alejado del pueblo y desconectado de sus realidades”; “Vamos a recuperar lo que se robaron, vigilar para que no se vuelva a hacer”; “Cumpliré y haré cumplir la constitución”. Lo decía Cicerón: “Pero en cuanto a Balbo, estoy seguro de que tienes que haber caído en la cuenta de cuánto tenía que decir y de cuán coherente y sistemático fue a pesar de faltarle la verdad”.
*Profesor en la Universidad de Cartagena.