Tiburcia Domínguez, en el siglo XIX, fue memorable por ser la mujer más gastadora del mundo. Tenía apenas 17 años cuando se casó con Salvador María del Carril, 16 años mayor que ella. Lo que no resistió Salvador fue el tren de gastos de su joven esposa. Compradora compulsiva, no le cabían más joyas, perfumes, ni un moruno más en su guardarropa. Salvador, desesperado ante el afán de Tiburcia por gastar, se vio obligado a publicar unos avisos en los periódicos, advirtiéndole al comercio que no le dieran crédito ni le aceptaran más vales y, que, a partir de la fecha, no se hacía responsable de ninguno de ellos. Estos avisos causaron gran escándalo en Buenos Aires. Tiburcia, sintiéndose humillada, dejó de hablarle por 30 años. Vivían en el mismo techo, pero en total silencio. Cuando falleció Salvador, Tiburcia recibió la noticia con frialdad, para ella ya Salvador estaba muerto tiempo atrás, solo preguntó: ¿Y cuánta plata dejó?
Tal fue el impacto que tuvo Tiburcia, que contrató con el escultor italiano Camilo Pomairone el mausoleo en el cementerio de los Recoletos. Obra en mármol de carrara con dos estatuas, en las que cada uno de ellos permanecerían sentados en su sillón dándose la espalda. Se dice que en el testamento de Tiburcia consta: “No quiero mirar en la misma dirección de mi marido en toda la eternidad”.
En la estancia “La Porteña”, que heredó de Salvador, Tiburcia mandó a construir un castillo. Allí celebraba todos los 14 de abril, día de su cumpleaños, unas parrandas en las que no faltaba el licor y la música. Es conocido como el Castillo de Tiburcia.
Salvador María del Carril fue ministro en el gobierno de nuestro pariente Juan Lavalle, quien nos dejó unas cartas en las que nos cuenta la fortuna que Salvador se gastó para sostener a Tiburcia, una mujer de costosos caprichos.
Le he dicho a Horacio Del Castillo, conversando sobre esta despilfarradora mujer, lo distinta que ha sido Lola con su amante en Roma. Llevan ellos una vida austera, dividen entre los dos hasta los bollos de mazorca que les envía Papo Lucca de Cartagena. En el testamento ya Lola ha ordenado que, al morir, sus cuerpos sean amortajados en sus hamacas y una vez cremados, las cenizas se lancen a la bahía frente al callejón de los besos, para llenarse de caricias, bailar y reír por toda la eternidad. “Quiero que la luna del Pastelillo sea fiel testigo de nuestro infinito amor”, remata al final.
Y pensar que doña Tiburcia ya cumplió sus primeros 130 años de eternidad, de espaldas a Salvador y sin decirle ni mu.
