Columna

El cambio

“En últimas, el cambio no es solo un acto de voluntad, sino una confrontación con las estructuras más profundas del yo...”.

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Christian Ayola
07 AGO 2025 - 12:00 AM

Una pregunta fascinante gira en torno al potencial de cambio de las personas. De niño, escuchaba el célebre proverbio “Árbol que crece torcido no se endereza”. El cambio es una de las preguntas más profundas de la filosofía y la psicología. Heráclito afirmaba que todo está en constante devenir: “No es posible bañarse dos veces en el mismo río”, porque ni el río ni la persona serán los mismos la siguiente vez.

Parménides sostenía que el cambio es apariencia; la auténtica realidad es inmutable e indestructible. Platón distinguió el mundo sensible, siempre cambiante, del mundo de las ideas, eterno y perfecto. Aristóteles concibió el cambio como paso de la potencialidad a la actualidad, ejemplificado en la semilla que se convierte en árbol.

Kant vio el cambio como condición de posibilidad de la experiencia, mientras que Hegel lo elevó a motor de la historia mediante la dialéctica. Friedrich Nietzsche propuso el eterno retorno y la voluntad de poder. En la filosofía contemporánea, Judith Butler interpreta la identidad como performance abierto en devenir, cuestionando las fronteras fijas entre natura y cultura.

Carl Jung describió el proceso de individuación como integración de aspectos conscientes e inconscientes del yo. El conductismo enfatizó cómo refuerzos y castigos moldean comportamientos, mientras que la psicología humanista de Maslow y Rogers destacó la autorrealización como meta intrínseca del cambio. Hoy, las terapias de tercera generación, basadas en la compasión, combinan atención plena y aceptación para sostener transformaciones profundas del self (el sí mismo).

El cambio psicológico se concibe como respuesta a tensiones internas y externas. Surge de procesos de autorrealización, traumas vividos o resistencias a redefinir creencias. Las terapias cognitivo-conductuales trabajan precisamente en reestructurar esquemas mentales y promover nuevas habilidades para facilitar esa evolución interna.

Las creencias nucleares son esquemas profundos que estructuran nuestra identidad y visión global del yo, los demás y el mundo. Se forman en la infancia y, al ser rígidas o absolutas, ofrecen estabilidad, pero resisten firmemente la contradicción de la realidad. Por contraste, las creencias periféricas son más específicas, secundarias y accesibles a la conciencia, lo que las hace más maleables ante nuevas experiencias y evidencia.

Las creencias nucleares —que constituyen la esencia del sí mismo— son, si no imposibles, extremadamente difíciles de cambiar. Alguien que no respetó la vida o desprecia la forma de existencia de los otros —por ejemplo, un criminal que asesina, secuestra o extorsiona, basado en un sistema de creencias políticas reforzado por la experiencia de impunidad— no ve necesidad de transformarse. Lo más probable es que esta persona, desde otro rol de poder, intente replicar las mismas acciones. Solo que esta vez lo hará utilizando las reglas democráticas o aprovechando los vacíos que deja la ley.

En últimas, el cambio no es solo un acto de voluntad, sino una confrontación con las estructuras más profundas del yo. ¿Puede alguien realmente transformarse si no ve necesidad de hacerlo?

*Psiquiatra.

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