¿Seño, y esto sí le sirve a la comunidad?”, me preguntó un niño campesino de 12 años mientras observábamos unos paneles solares instalados en una finca donde su papá trabaja. Él, como muchos niños y niñas de zonas rurales de Bolívar, no sabe aún si quiere ser ingeniero, arquitecto o científico. Pero sí sabe algo: que su vida -y la de su comunidad- puede cambiar si la educación se conecta con su realidad.
Desde hace más de 15 años trabajo en proyectos educativos. Pero este año, en mi nuevo rol como jefa de proyectos especiales en la UTB, he reafirmado una convicción profunda: la universidad no puede ser una isla de saber alejada del territorio.
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Los proyectos más valiosos no son necesariamente los que acumulan más publicaciones o recursos, sino los que logran cambiar una historia; como la de Yacira, una joven de Gambote (Arjona) que creció entre cultivos de yuca y plátano, y hoy estudia Ingeniería Ambiental becada en la UTB. Coescribe conmigo artículos científicos gracias a un programa de energía renovable que lideramos desde la UTB en alianza con universidades de Alemania, España y Chile. Yacira ya ha viajado fuera del país para participar en eventos científicos y sueña con cambiar la realidad de su pueblo.
O como la de decenas de docentes rurales que hoy aprenden a usar herramientas tecnológicas gracias al programa de Centros de Interés en STEM, desarrollado en alianza con el Ministerio de Educación (MEN), el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (Minciencias), la Universidad Surcolombiana y la Universidad CESMAG, para que sus estudiantes resuelvan retos de su comunidad utilizando las áreas STEM en municipios del sur de Bolívar.
En los últimos meses, he tenido la oportunidad de acompañar el nacimiento de proyectos donde la innovación no está solo en la tecnología, sino en la forma de relacionarnos con las comunidades. Escuchar, adaptar, respetar los saberes locales y construir juntos soluciones reales. Esa ha sido la clave.
No se trata solo de llevar robots o sensores a un colegio, sino de abrir mundos posibles. No se trata solo de cumplir indicadores, sino de sembrar oportunidades donde antes solo había carencias. Hoy, más que nunca, las universidades deben elevar su presencia y relevancia para los territorios. Para eso se requieren más proyectos que nazcan desde el aula, pero que florezcan en la comunidad.
Cuando el conocimiento se pone al servicio de las personas, no solo se transforma el entorno… también se transforma la universidad.
Las opiniones aquí expresadas
no comprometen a la UTB ni
a sus directivos.