Columna

Réquiem Nacional

“Los jóvenes colombianos estamos viviendo por vez primera lo que nuestros padres y abuelos viven por vez segunda y lo que nunca se sanó y arregló: la violencia hórrida y cruel”.

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Johan Andrés Paloma
13 AGO 2025 - 07:08 AM

Los jóvenes patriotas vemos con horror y tristeza el escabroso acontecimiento del asesinato del senador Miguel Uribe Turbay, el ascenso de su catafalco en cámara ardiente en el imponente recinto legislativo del Congreso, el silencio y los honores de la Guardia Presidencial bañada en la mortecina luz de los cirios y proyectores y las lágrimas que manan del rostro del pueblo; con lo anterior se conmueven nuestras novísimas ánimas que observan desventuradas al Cristo doliente que reposa a la cabeza del féretro del tribuno, al Cristo que llora por Colombia, patria consagrada a Su Corazón, al Cristo que tantas veces ha acompañado a los cuerpos caídos de los colombianos que le han apostado a la política como arma de paz, concordia, unidad y cambio.

Los jóvenes colombianos estamos viviendo por vez primera lo que nuestros padres y abuelos viven por vez segunda y lo que nunca se sanó y arregló: la violencia hórrida y cruel. Escuché esta mañana las palabras de uno de los virtuosos pastores de la Iglesia Católica, Su Eminencia Luis José Rueda Aparicio, quien aseguró que esta sociedad había fallado en la entrega a las nuevas generaciones de un país distinto y en paz. El fallecimiento del senador Uribe Turbay nos muestra con claridad las reflexiones permanentes y ardientes de los últimos años del señor cardenal, no sólo como muerte de un líder, sino como signo de la sangre que corre en los campos, en las ciudades, en el ámbito político de municipios y veredas, y en la sociedad entera, en el asedio de grupos armados, el desplazamiento, el narcotráfico y las palabras desmedidas e incendiarias entre dirigentes.

Sin embargo, y con el pesar de seguir viendo a ciertos jóvenes sostener la sosa tesis de “autoatentado” mientras reproducen en su interior la dicha avernal e inhumana ante el dolor del magnicidio, creo que nuestra generación sabrá levantarse y no perderá la esperanza de una Colombia en paz, una Colombia grande, una Colombia unida, una Colombia fuerte. Horacio recitó que no hay mayor honor para un patriota que morir, esperanzado, por “las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses”. Los jóvenes hemos de cargar, y cargaremos sobre Nos, los decesos, por acciones bajas, de Rafael Uribe Uribe, del doctor Gaitán, de Galán y de Álvaro Gómez Hurtado, entre otros, para que sean venerados como hijos de Dios y de Colombia, venerados como caídos, muertos por trabajar por la patria.

A propósito del conservador doctor Gómez Hurtado, traigo finalmente a colación una de sus frases más míticas, años antes de su asesinato, que reverberó su trágico final aún no consumado en positivo presente: “Ser abatido por ráfagas de ametralladora, como parecía ser mi suerte, no debía considerarlo como un infortunio singular. Quizás no era un bel morir, como lo reclamaba Segismundo Malatesta; pero en las actuales circunstancias del país y del mundo, una muerte así no podía no ser un sacrificio inútil, sino la creación de un símbolo que convocara un movimiento de restauración”.

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