Hay dos emociones o pasiones tristes (negativas) que han estado en la política desde la antigüedad y que son las más apetecidas por populistas, autócratas y tiranos: el miedo y el odio (resentimiento, ira, indignación).
Maquiavelo recomendaba al príncipe suscitar el amor y el miedo entre sus súbditos, aunque advertía que, si tuviera que escoger entre uno y otro, aconsejaba infundir temor, porque quien domina el miedo domina la arena política. Hobbes lo consideró como el elemento central del poder, pues el temor a perder la vida o los bienes hace que las personas renuncien a sus derechos y la libertad en favor de la seguridad y del control absoluto del Estado. El miedo -señala la neurociencia-, al estar conectado con el cerebro primitivo (reptiliano), cuando controla al pensamiento racional, divide al mundo entre amigos y enemigos y sustituye al razonamiento moral por la supervivencia; por ello, cuando los electores están dominados por esta emoción privilegian valores como la libertad, el orden y la seguridad, usualmente promovidos por la derecha y la centroderecha.
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No hemos cambiado
El odio, el resentimiento, la ira o la indignación son emociones que, a diferencia del miedo -que está asociado a la pulsión de vida (cerebro primitivo-reptiliano)-, presuponen un razonamiento sobre lo que es moralmente correcto o injusto (corteza prefrontal). Usualmente esta emoción aflora en grupos marginados y discriminados o en personas o colectivos que se identifican con estos sectores, como los partidos y movimientos de izquierda o centroizquierda, que promueven valores como la igualdad y la dignidad y las políticas afirmativas.
Si se quisiera hacer una historia reciente de las emociones que han dominado el espectro político colombiano de las últimas décadas, podríamos concluir con cierta plausibilidad, que durante estos últimos cincuenta años hemos oscilado entre la política del odio y la política del miedo. A manera de ejemplo: la violencia política entre liberales y conservadores estuvo marcada por el odio mutuo; el resentimiento influyó en el surgimiento de las guerrillas y el conflicto armado; el miedo al comunismo (enemigo interno) justificó la Doctrina de Seguridad Nacional y el paramilitarismo; la indignación y la ira -que produjo la indolencia pospandémica de Duque con los más vulnerables- influyó en la elección del primer gobierno de izquierda que no ha dejado de victimizarse, ahondar en las heridas del pasado y mantener vivo el resentimiento y el odio hacia la culpable elite (empresarial, esclavista, etc.). No obstante, la inseguridad generalizada, el aumento del poder territorial de los grupos criminales, las reiteradas y simbólicas alusiones a la reelección presidencial, la muerte de Miguel Uribe y el impúdico coqueteo del gobierno con Maduro (que parecen confirmar nuestros temores más atávicos) reactualizan en el elector del 2026 la suma de todos sus miedos.