El advenimiento de la inteligencia artificial (IA) como motor de respuestas puede, sin proponérselo, acabar con el internet tal y como lo conocemos.
Hoy la frase habitual no es “lo busqué en Google”, sino “le pregunté a ChatGPT”. Sin darnos cuenta, en menos de tres años la acción que se volvió la manera inmediata de buscar información -googlear-, parece vivir sus últimos días. El modelo de negocio que convirtió a la búsqueda en la máquina más rentable de la historia está en vilo.
La búsqueda tradicional no te entrega la respuesta. Te ofrece las mejores rutas para encontrarla, pero obliga a dar clic. Ese clic era nuestra entrada al ágora del internet: un espacio abierto donde cada página, blog o foro era una pequeña plaza con su propio carácter, donde se conversaba, se aprendía y florecían negocios independientes. Bajo este esquema, el internet creció y se fortaleció: nacieron blogs personales, portales de reseñas e incluso Wikipedia (quizá la obra más valiosa de la era digital, creada de forma altruista y colectiva). Todo eso podría estar en peligro de extinción.
También Google reconoce que los tiempos cambian. Ahora presenta resúmenes generados por IA, como una autopista que atraviesa la plaza y te lleva directo al destino. También ha habilitado un modo conversacional que permite interactuar como en un chat. Es más atractivo, más inmediato; pero, ¿es esto rentable? ¿Qué incentivo tendrán los millones de páginas que han visto caer drásticamente sus visitas? Si el acceso se convierte en autopista de peaje, la plaza quedará vacía.
El riesgo es más profundo. Modelos como ChatGPT se alimentan del contenido que producimos los humanos. ¿Qué ocurre si ese contenido desaparece? ¿Qué pasa si lo único de calidad queda tras muros de pago, inaccesible tanto para los modelos como para la mayoría de las personas? Las ciudades ya han vivido este cambio: plazas llenas de vida que, en nombre de la eficiencia, se transformaron en pasillos de tránsito rápido, fríos y silenciosos, donde la interacción es mínima y cada acceso tiene un costo.
No se trata de oponerse a la IA, puede que sea uno de los desarrollos más relevantes de la humanidad; pero la historia muestra que lo conveniente y lo inmediato suelen imponerse sobre aquello que, aunque esencial, exige mayor dedicación. El peligro está en creer que esta es la única herramienta y, en el camino, relegar lo que nos ha sostenido: esa gran plaza del conocimiento abierto, esa biblioteca viva que construimos entre todos. La pregunta que queda no es si la autopista es útil -sí lo es-, sino si queremos que todo nuestro internet se parezca a ella.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

