El pasado 7 de octubre, se cumplieron dos años de un nuevo capítulo del conflicto árabe-israelí: el ataque de Hamás fue brutal y centrado en la población civil judía, violando todas las convenciones del derecho internacional humanitario, el mismo que ahora reclaman en nombre de la población gazatí. Hamás y Hezbolá, organizaciones terroristas patrocinadas por Irán, están perdiendo la guerra no solo en el plano militar, sino también en el plano político, incluso ante sus propios compatriotas.
Antes del actual conflicto, la energía eléctrica y el agua potable de ese territorio -en alto porcentaje- eran suministradas por Israel. Los ingresos de Palestina dependían de las divisas producto de la fuerza de trabajo de aproximadamente 100.000 personas que laboraban en el país vecino; solo las deducciones recaudadas por Israel, transferidas directamente a la Autoridad Palestina, se calcularon en 1,4 mil millones de dólares en el período entre 2019 y abril 2023. Ahora el empleo dependiente de Israel se redujo en Palestina un 61% y su PIB en un 81%, aumentando la pobreza en esa región (UNCTAD, Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, ONU, Banco Mundial y FMI).
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La devastación en la Franja de Gaza obedece a una respuesta arrasante de Israel, gran parte del territorio hostil contiene una ciudad subterránea de grandes dimensiones, repleta de misiles industriales; igual hizo Hezbolá del lado libanés. Ambas organizaciones planeaban una guerra relámpago que pretendía borrar a Israel del mapa, cuentan con el respaldo financiero, logístico, táctico y estratégico militar de Irán y Yemen; y por debajo de cuerdas de Qatar, que ha donado más de 1.500 millones de euros a Hamás.
Por eso, a pesar de las aparentes buenas relaciones con Israel, en medio de supuestas negociaciones para liberar los secuestrados, se llevaron su bombazo en Doha. Los judíos, que a través del Mosad tenían monitoreadas las conversaciones, decidieron tal acción militar que aparentemente ha permitido el condicionamiento de la ayuda de Qatar a Hamás, por temor a que la guerra se extienda a su territorio, aunque en el plano diplomático digan lo contrario. Pasa en las campañas políticas y en la guerra, duran hasta cuando se termina la plata. Trump ha aprovechado esta coyuntura para impulsar la paz en Gaza.
Aun cuando el mundo entero observa con culpa metafísica las penurias de los residentes de la Franja de Gaza, un sector con inspiración mesiánica asume de redentor motivado más por su ego y sus convicciones políticas que por verdadera vocación humanitaria. Navega con supuesto interés de salvar a los gazatíes, quienes hoy sufren tanto por el inclemente bombardeo israelí, pero mucho más, por los excesivos abusos del propio Hamás. Los simpatizantes locales protestan mirando para un solo lado.
*Psiquiatra.