Quienes caminamos a diario por Bocagrande vemos con tristeza cómo el espacio público del barrio se ha ido reduciendo poco a poco. Lo que antes eran antejardines verdes hoy aparecen convertidos en terrazas privadas, cerramientos o locales improvisados. Los parqueaderos externos invaden los andenes y obligan al peatón a compartir la vía con los carros, poniendo en riesgo su seguridad. Y las pocas zonas verdes que tenemos, en lugar de ser cuidadores naturales del aire y refugios de sombra frente al calor, terminan deterioradas o relegadas a un segundo plano.
Este no es un asunto menor. El espacio público es el corazón de la vida urbana: nos da la posibilidad de movernos, encontrarnos y respirar en medio de una ciudad cada vez más congestionada. En el caso de Bocagrande, un sector que combina lo residencial con lo turístico, la protección de estos espacios es todavía más urgente. Aquí convivimos residentes, comerciantes y visitantes, y lo que debería ser un entorno amable y ordenado se está transformando en un escenario de caos y desorden.
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No podemos olvidar que los antejardines no son una extensión privada de las propiedades, sino espacios concebidos para darle vida y oxígeno al barrio. Los parqueaderos externos no pueden ser excusa para sacrificar la movilidad de quienes caminan, especialmente niños, adultos mayores y personas con movilidad reducida. Y las zonas verdes no son un lujo, sino un servicio ambiental que regula la temperatura, mejora la calidad del aire y aporta al paisajismo que tanto valoran los turistas y residentes.
Las autoridades tienen un papel fundamental en este reto. Las entidades de control deben fortalecer su presencia, no solo con sanciones, sino también con campañas pedagógicas que inviten a la corresponsabilidad. Sin embargo, este problema no se resuelve solo desde lo institucional. Los ciudadanos, residentes y comerciantes, tenemos que asumir la parte que nos corresponde: respetar los andenes, mantener limpios y abiertos los antejardines, y entender que lo común tiene tanto valor como lo privado.
Cuidar el espacio público es una forma de cuidarnos a nosotros mismos. Es garantizar que Bocagrande siga siendo un lugar seguro, ordenado y agradable para vivir y visitar. Es proteger el valor de nuestras propiedades, la movilidad de nuestras calles y la imagen de un barrio que ha sido por décadas la vitrina de Cartagena ante el mundo.
El llamado es claro: si seguimos cerrando, invadiendo y descuidando lo que nos pertenece a todos, terminaremos perdiendo la esencia de Bocagrande. Lo que está en juego no es solo la estética, sino la calidad de vida de quienes aquí habitamos y la competitividad de Cartagena como ciudad turística. Recuperar y respetar el espacio público es un compromiso colectivo. Bocagrande lo merece, y Cartagena lo necesita.