Columna

Una gratitud indispensable

“Monseñor Carlos José hace gala de esa sabiduría de los años y de lo que fue su siempre distinguida presencia...”.

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Ignacio Antonio Madera Vargas
19 OCT 2025 - 12:00 AM

En esta oportunidad no voy a referirme a un tema, a una realidad teológica o a un problema en particular, más bien me invito e invito a todos los que hoy somos parte de la Iglesia de Cartagena de Indias, a dar gracias a Dios por la vida y la misión de monseñor Carlos José Ruiseco Vieria, quien llega a la edad de 90 años esta próxima semana y ha tenido la gentileza de querer celebrar, con el presbiterio de Cartagena, este bello llegar a una edad a la que pocos arriban, en un país de tantas muertes tempranas.

Siento un gozo inmenso al agradecer a monseñor Ruiseco el haber sido el Obispo que me ordenó en el ministerio de los presbíteros desde la Sociedad del Divino Salvador (Salvatorianos). Siendo obispo de Montería, San Bernardo del Viento, mi tierra de nacimiento, pertenecía a su diócesis. La ordenación fue en la Iglesia Santa Cruz de Manga, en Cartagena, donde vivía desde la adolescencia y no olvido sus palabras en la homilía que me remitieron a la petición del beato Francisco Jordan, fundador de los salvatorianos y salvatorianas, a vivir la santidad y la fidelidad a Cristo Sacerdote, como meta y objetivo del ministerio que recibía en esa tibia mañana del 8 de diciembre de 1979.

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En un tiempo en el cual nos sentimos con muchos derechos y pocas obligaciones, cuando se olvidan los aprecios y los afectos recibidos, y la juventud se considera como la etapa ideal que nunca se quiere superar, llegar a la edad de Monseñor es realizar el ideal del sabio a quienes los griegos tenían por los mejores gobernantes; de allí que la Iglesia de Jerusalén en los primeros siglos del desarrollo del cristianismo fuera animada por el colegio de presbíteros (ancianos), en comunión con las iglesias de Antioquia, que generaron otros cuadros ministeriales para el servicio a sus hermanos en una comunidad en diálogo intergeneracional, en donde los jóvenes tenían visiones y los ancianos, sueños (Hechos 2,17)

Monseñor Carlos José hace gala de esa sabiduría de los años y de lo que fue su siempre delicada y distinguida presencia en la animación de la vida de la Iglesia Arquidiocesana. Sus gentes, sus poblaciones, sus problemas y sus angustias, pero igualmente sus fiestas y sus logros, sus esperanzas y sus alegrías no dudo que estaban siempre en el corazón del pastor que buscaba con tino llevar la nave a buenos puertos. Gracias monseñor Carlos José, por su vida al servicio de todos y todas.

Agradecer en primer lugar a Dios por su larga vida y a él por su servicio eclesial con reciedumbre de carácter, claridad y bonhomía. Una vida que nos estimula a seguir buscando y soñando en la Iglesia sinodal, llamada a ser generadora de comunión y participación, y por ello lanzada a las periferias de la humanidad, animados por testimonios de vidas como esta, que siento es necesario resaltar y exaltar. ¡Muchos años más, querido monseñor Ruiseco!

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