Estando en el palco de Vueltabajero, en pleno bando de Cartagena, sentí que la ciudad entera despertaba de un largo letargo. La brisa del mar se colaba entre los palcos, sintiendo el Caribe rugir a nuestras espaldas y la muralla, con la gente pululando en sus garitas y baluartes, se veía más altiva que nunca. La música sonaba a todo timbal, como no la sentía hacía muchos años; entendí que el exilio voluntario que me había autoinfligido para estas fechas había terminado.
El año pasado vine con los ojos llenos de lagañas, literal y metafóricamente. La ciudad también las tenía acumuladas en las pestañas de su memoria, fruto de una pesadilla en la que se había perdido el sentido de pertenencia. Mientras yo me sacaba las lagañas al despertar, sentía que Cartagena se frotaba los ojos conmigo, como si de golpe descubriera que había vida más allá del miedo. Dumek y Yamilito habían empezado a limpiar la mirada colectiva y a devolverle a noviembre su sitio en el corazón ciudadano. Donde antes veíamos solo peligro, ahora volvían a aparecer comparsas, tambores y el orgullo de celebrar la Independencia sin temor.
Durante muchísimos años, los bandos se habían vuelto sinónimo de una horda de desadaptados, con patentes de corso para atracar y apuñalar espectadores, y por eso mi grupo de amigos y yo salíamos disparados de la ciudad cada noviembre. Este año, sentado en el palco y mirando el mar bravío, entendí que esa época oscura quedaba atrás. La turba armada fue reemplazada en su mayoría por familias, turistas y vecinos bailando sin más arma que una sonrisa y una botella de ron compartida. Las luces sobre la bahía, los desfiles por la avenida Santander y el bullicio alegre en el Centro y en los barrios confirmaban que Cartagena, por fin, había decidido quererse de nuevo. Me juré que nunca más volvería a irme en estas fechas; al contrario, llegaré temprano al palco, como quien no quiere perderse ni un segundo del milagro.
Ahora ya se asoma diciembre, con sus brisas y su calendario de aguinaldos, novenas y reencuentros. En esta temporada entra en juego otro pacto muy cartagenero que tengo con los vendedores ambulantes y los loteros, esos que antes me tenían loco ofreciéndome lapiceros, loterías, aguacates y cuanta vaina inventara la economía informal. Un día les pregunté cuánta utilidad les dejaba cada producto y, después de hacer cuentas, sellamos un acuerdo sencillo: durante todo el año no me ofrecen absolutamente nada, solo me saludan; y en diciembre yo les doy un aguinaldo que represente sus beneficios, sin regateos ni mala cara. Así todos ganamos; hay un dicho que dice: “La tranquilidad cuesta”. Así, ellos tienen una pequeña prima navideña asegurada y yo camino tranquilo por las calles, disfrutando de mi ciudad, de mi familia, de la salud que Dios concede y, claro, de una esperanza permanente por saber qué nos depara el próximo año.
