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Colombia y Estados Unidos: una relación que no podemos darnos el lujo de ignorar

“La reciente llamada entre Donald Trump y Gustavo Petro, en medio de las tensiones que atraviesa el país vecino, fue un primer paso que generó inquietud, pero también abrió una oportunidad”.

Miguel Eduardo Arenas

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No es difícil entender por qué la relación de Colombia con Estados Unidos es estratégica y debe manejarse con ponderación y cordura. En un contexto regional marcado por la incertidumbre, cualquier gesto diplomático entre ambos países tiene un peso que va más allá del titular del día.

La reciente llamada entre Donald Trump y Gustavo Petro, en medio de las tensiones que atraviesa el país vecino, fue un primer paso que generó inquietud, pero también abrió una oportunidad. Que exista diálogo, incluso en escenarios complejos, es una buena noticia para Colombia. Ojalá no sea un hecho aislado, sino el inicio de una relación sostenida y responsable.

La realidad es clara: los problemas estructurales de Colombia no se resuelven con liderazgos solitarios ni con discursos ideológicos. Requieren capacidad de diálogo, construcción de unidad con propósito y una diplomacia que entienda los intereses nacionales sin caer en confrontaciones innecesarias.

“Más diplomacia y menos política”

Ese debería ser el principio rector. Estados Unidos seguirá tomando medidas para frenar la inmigración ilegal, combatir el narcotráfico y fortalecer la seguridad regional, siempre priorizando sus propios intereses. Así lo ha dicho abiertamente. Al mismo tiempo, ha reiterado que Colombia sigue siendo un socio estratégico, una relación que sólo puede sostenerse si existe compromiso compartido.

Ante un eventual encuentro entre Trump y Petro en Washington, ya se han iniciado gestiones diplomáticas. Este primer acercamiento no solo debe resaltarse, sino protegerse.

No puede diluirse en consignas ni en acuerdos vacíos. Colombia necesita una relación basada en la escucha, el respeto por las diferencias y la capacidad de tomar decisiones con equilibrio y criterio. El país merece algo más que espectáculos políticos: espera propuestas serias en seguridad con inteligencia, salud centrada en el paciente, educación accesible con empleabilidad real, lucha efectiva contra la corrupción y narcotráfico, justicia eficaz y un Estado que funcione para todos.

La experiencia de Venezuela debería ser una advertencia permanente. La destrucción institucional que vivió ese país en los últimos 25 años, bajo el régimen de Chávez y Maduro, acabó con libertades, derechos y oportunidades.

Recuperarse de ese colapso tomará tiempo. Ese es el costo de ignorar las señales a tiempo y de romper relaciones estratégicas por cálculos ideológicos.

Resulta preocupante que aún existan aspirantes presidenciales en Colombia que reivindiquen ese modelo y lo presenten como ejemplo. No solo es peligroso, es censurable. Las víctimas reales de esas decisiones no son los gobiernos, sino millones de ciudadanos que hoy cargan con las consecuencias.

Por eso, entender la importancia de la relación entre Colombia y Estados Unidos no es un debate coyuntural. Es una discusión sobre el país que queremos ser dentro de diez, veinte o treinta años. Ignorarla sería un lujo que Colombia simplemente no puede darse.

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