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Columna

La familia, cimiento irremplazable de la sociedad

“Recuperar la familia es también recuperar el centro natural de la estructura social, volver a lo esencial...”.

VIVIAN ELJAIEK JUAN

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Para nadie es una novedad afirmar que la familia es el núcleo primario y más importante de la sociedad, es allí donde se siembran los valores, el amor, la tolerancia, el respeto y la capacidad de resolver conflictos. Lo que se vive en el hogar se proyecta inevitablemente hacia la comunidad y en toda la sociedad. Por eso cuando una pareja decide unirse, más allá de los lazos de sangre que se crean, suelen hacerlo inicialmente impulsados por la felicidad compartida. Sin embargo, con la llegada de los hijos, la responsabilidad se transforma en una misión formativa de enorme trascendencia, donde a veces somos poco conscientes de ello.

Son los padres quienes brindan la primera educación, aquella que no se enseña solo con palabras, o cuando enviamos a nuestros hijos al colegio, sino con el ejemplo cotidiano dentro del hogar, a través de la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Una familia fuerte y unida forma ciudadanos empáticos, responsables y capaces de convivir en sociedad. Por el contrario, la fractura familiar suele ser el origen silencioso de múltiples problemáticas sociales. De allí que fortalecer la familia, aun cuando los padres estén separados, no sea un compromiso menor ya que incide directamente en el desarrollo personal y emocional de cada una de las personas que la componen, la paz del hogar y el bienestar común.

La trascendencia que tiene la familia sobre cada uno de sus miembros es crucial: es a través de ella que recibimos el apoyo necesario para afrontar las tantas dificultades de la vida y poder ser capaces de resolverlas; sin la familia las personas sienten un enorme vacío, crecen y envejecen solos, incapaces de recibir y dar el amor necesario para tener una vida plena. Envejecer junto a la familia nos brinda la posibilidad de recibir el cuidado necesario para vivir y morir con dignidad por el resto de nuestros días; en ultimas, es lo que deseamos todos los seres humanos.

Con frecuencia vemos padres desconcertados ante conductas adversas de sus hijos, sin comprender su origen. Pocas veces se formulan la pregunta más elemental: ¿qué aprendieron de nosotros?, ¿qué mensaje transmitimos con nuestras actitudes, comportamientos y decisiones?

La base de toda familia es la pareja. Cuidarla, dialogar en medio de las diferencias y protegerla del desgaste diario no es un ideal romántico, sino una responsabilidad profunda. Cuando la pareja se debilita, la familia se resiente; y cuando la incoherencia se instala en el hogar, el proceso educativo de los hijos pierde su rumbo, tal vez por eso vivimos tiempos marcados por el rencor, la violencia y la deshumanización. Recuperar la familia es también recuperar el centro natural de la estructura social, volver a lo esencial, reconocer que el amor aprendido en casa es la primera escuela del alma. Es en ese espacio íntimo y sagrado, donde se siembra la semilla de la esperanza y se construye, en silencio, una sociedad más humana, más trascendente.

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