Por décadas las visiones radicales de la economía y la política han sobresimplificado la problemática sobre el bienestar humano y el progreso de un país. La derecha neoliberal ha insistido en que este se mide por el crecimiento económico y, en particular, por el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita. El otro extremo reduce la cuestión a la “justicia social”. En ambos casos, el debate termina siendo pobre, abstracto y falazmente desconectado de la vida real.
La experiencia histórica muestra que ni el mercado por sí solo ni la redistribución sin riqueza ofrecen respuestas satisfactorias. Para redistribuir y tener justicia social, debe haber creación de riqueza. Una sociedad puede ser relativamente igualitaria -Cuba o Haití-, pero porque todos o la mayoría son pobres. En este contexto puede que la propuesta de Martha Nussbaum denominada ‘Enfoque de las Capacidades’ sea una alternativa razonable para países como Colombia, en donde muchas veces un excelente PIB coexiste con sistemas de salud precarios, educación deficiente, exclusión política y desigualdades obscenas.
El problema, entonces, no es si la economía crece, sino si ese crecimiento se traduce en oportunidades y libertades reales para la ciudadanía. Dos personas pueden no haber desayunado; una porque decidió ayunar y la otra porque no tuvo qué comer. El resultado es idéntico, pero la libertad que hay detrás es radicalmente distinta. El desarrollo, si quiere ser humano, debe medirse en términos de libertad, no de resultados estadísticos.
El enfoque de Nussbaum sostiene que el bienestar y el desarrollo de un país no puede medirse por cuánto tienen las personas, sino qué pueden realmente hacer y ser. En este sentido, una sociedad es más justa no porque produzca más riqueza, sino porque garantiza a su ciudadanía un conjunto mínimo de oportunidades reales para vivir una vida digna, lo que incluye: longevidad, salud, integridad física, participación política, afiliación social y, de manera central, el desarrollo del pensamiento y la imaginación (educación).
En este contexto la educación deja de ser vista como un gasto o un simple instrumento para alimentar el mercado laboral, y se convierte en una capacidad estratégica que puede potencializar todas las demás, pues le permite a los y las ciudadanas acceder a mejores empleos, cuidar mejor su salud, entender sus derechos, participar en la vida pública y desarrollar empatía y compasión por los otros. Reducir la educación a entrenamiento técnico, como propone la derecha tecnocrática y neoliberal, o convertirla en un espacio de adoctrinamiento ideológico como piensa un sector de la izquierda identitaria y neomarxista, es traicionar su sentido más profundo. Corea del Sur entendió esta lección hace décadas. En 1953 era tan pobre o más, que la mayoría de los países latinoamericanos. Hoy es una potencia económica. Nuestra apuesta fue simple y audaz -dijo el profesor Kim a la BBC-: invertir en el único recurso que abundaba, la educación de nuestra gente.
