Uno de los aspectos que no comprenden los visitantes, sean residentes o turistas que llegan por unos días a la Zona Norte de Cartagena, es el nivel de precariedad de la vida de la mayoría de los habitantes de estas comunidades, en especial Manzanillo del Mar, Punta Canoa, Arroyo de Piedra, Arroyo de las Canoas y Arroyogrande. Precariedad que tiene relación con la falta de oportunidades de ocupaciones estables, de los bajos niveles de educación, de la carencia de ofertas institucionales para fortalecer las actividades agropecuarias, que son el sustento de la vida de casi todos sus habitantes. Pero además hay otros factores que contribuyen a fortalecer unos círculos viciosos, como la inestable oferta de salud, la educación aislada de su contexto socio-espacial y de las demandas presentes y futuras de la zona, de servicios públicos estables, de infraestructura física entre otros. Lo particular es que estas comunidades viven apiñadas en pobres cascos urbanos, rodeados de enormes terrenos que se vienen transformando para segundas viviendas o para desarrollos turísticos de gran valor inmobiliario, se van configurando como enclaves donde se sigue viviendo en condiciones del siglo XIX, frente a modelos del siglo XXI.
Pero se van presentando circunstancias que ameritan de las entidades públicas del orden nacional, departamental y distrital una acción conjunta, concertada y con voluntad política y con presencia activa de las mismas comunidades para incidir en su futuro, en especial para pensar en la niñez y la adolescencia, para propiciar que su vida en unos 10 años sea muy diferente a la que se avizora hoy. Sobre la zona existen grandes proyectos inmobiliarios, procesos de expansión urbana, impactos previsibles, como los que se pueden desprender del proyecto de aeropuerto en la zona de Bayunca, y de la convocatoria de la ANLA a la solicitud de una empresa petrolera para iniciar la exploración de hidrocarburos en la zona.
Una pregunta recurrente de actores externos es..., por qué una vía como la que conecta con Barranquilla, no ha generado procesos de expansión o crecimiento económico, por qué no ha dado lugar a transformaciones o modernización de las actividades agropecuarias, acuícolas o pesqueras, por qué no ha se han incentivado mecanismos de consolidación de emprendimientos asociados a la tierra y a los saberes de sus comunidades. Ahora que la Vía del Mar está llegando a sus 30 años de existencia, bien vale la pena preguntarse por sus impactos en la vida de estas comunidades. Sería interesante esperar que una o varias universidades se unan para diseñar un proyecto experimental de incidencia en las comunidades, de construir laboratorios vivos de transformación social, económica y cultural, de la mano o con el apoyo de las administraciones distrital y departamental, y con entidades del orden nacional, que además tienen dentro de sus objetivos misionales incidir en las comunidades más pobres.
