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Columna

De adjetivos inéditos

“Los astronautas de Artemis II afirmaron requerir “nuevos adjetivos” —y no sustantivos— para describir lo visto en la cara oculta...”.

Francisco Lequerica

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La arcaica teoría de que la materia es creada por la espontánea desviación infinitesimal de átomos en libre caída —el clinamen epicúreo— revivió en la obra de Jarry, propuesta como códice de lo anómalo para facultar una red de órdenes alternos, donde lo real se observa desde una inclinación reveladora de universos suplementarios. El salto de lo lúdico a lo metodológico que anticipó Swift se concretó cuando Queneau y Le Lionnais —desde el Colegio de ’Patafísica (con apóstrofe)— fundaron el Taller de Literatura Potencial (Oulipo), cuyo objeto es el texto inexistente, posibilitado sistemáticamente mediante restricciones calculadas. El canónico ‘Oulipo Compendium’ explica la distinción estructural, no cosmética, entre “anoulipismo” —análisis de restricciones pasadas, de Laso a Llull— y “sintoulipismo” —invención de nuevas reglas generativas— desligándose así de vanguardias estéticas para establecerse como laboratorio de imaginación mecanizada.

En los ‘Ejercicios de estilo’ de Queneau, el mismo episodio trivial aparece 99 veces bajo distintas restricciones formales, y cada variación extiende el sentido hacia dimensiones que las demás no abarcan. En ‘La Disparition’, novela lipogramática de Perec, la letra omitida —la e, la más común del francés— funge de vacío gravitacional, estructurándolo todo desde su ausencia. Un mecanismo de compresión —ya sea el límite de caracteres de esta columna, la métrica de un soneto, la fonotáctica, un lipograma, ecuación o contrapunto florido— funciona como cuello de botella, enrollando el hilo en volumen y delimitando su ovillado marco definitorio. El corte epistémico compele al lenguaje a coagular, externalizando la memoria técnica y filogenética que Stiegler denominó retención terciaria. Queda por investigar si la restricción formal, encarnada en un instrumento resistente a la licuefacción, pueda operar como farmacología —veneno y cura simultáneos— contra la proletarización cognitiva implícita en la saturación del flujo informático contemporáneo, ahora que la máquina de Lagado ya no es sátira.

Los astronautas de Artemis II afirmaron requerir “nuevos adjetivos” —y no sustantivos— para describir lo visto en la cara oculta de la Luna, cuando un eclipse forzó nuevas percepciones e hizo emerger significados más allá de lo que la evolución nos predispuso a procesar. El colapso de lo cualitativo, como huella sedimentada de nuestro contacto con un entorno estable, delata un lenguaje fenomenológicamente expuesto donde la densidad sensorial excede el repertorio epistémico. La etimología luminosa del phainómenon se concreta al constatar que el clinamen elucida arquitecturas subyacentes: el universo eclipsó la luz como Perec sustrajo la e, con la diferencia de que el lipograma sí es una operación deliberada, ergo siempre perfectible.

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