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Columna

De estereotipos de género y otras inequidades invisibles

“Las costeñas presentan las tasas más bajas de participación en el mercado laboral remunerado y tienen las mayores brechas...”.

Andrea Otero Córtes

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Conmemoramos en marzo el progreso alcanzado por las mujeres en los derechos sociales, civiles y económicos, así como en la autonomía reproductiva. Derechos adquiridos gracias al trabajo colectivo de mujeres valientes que alzaron la voz para que esto fuera así. A mis ojos de economista milenial, me parece increíble que hace menos de 100 años a las mujeres no se nos permitiera ingresar a la universidad y que solo hasta 1957 se nos considerara “capaces de votar bien”.

Alcanzar estos logros fue un paso importante hacia la equidad de género en la esfera pública. Gracias a ello, es común ver a mujeres liderando importantes compañías, rectoras de universidades, senadoras y hasta candidatas a la Presidencia. Sin embargo, el camino hacia la equidad de género no está totalmente pavimentado: aún quedan retos profundos en la distribución de cargas en los hogares, los cuales tienen repercusiones directas sobre las oportunidades laborales de las mujeres.

En una reciente publicación de los Cuadernos de Historia Económica (CHE No. 66) del Banco de la República, junto con mi colega Juliana Jaramillo Echeverri, entre otras coautoras, documentamos los cambios en las percepciones culturales de los roles de género y en el tiempo dedicado al trabajo no remunerado en los hogares.

Realizando este ejercicio, encontramos variaciones significativas en las percepciones de los roles de género entre regiones. Por ejemplo, en la región Caribe, el 73% de las personas encuestadas está de acuerdo con la afirmación: “Las mujeres son mejores para el trabajo doméstico que los hombres”, siendo este porcentaje más alto que lo observado en Bogotá, las regiones Central, Pacífica y Oriental.

Más sorprendente todavía es que solo el 27,6% de las personas encuestadas en el Caribe responde estar en desacuerdo con la frase: “Las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres para salir a divertirse”, nuevamente otorgándole a nuestra región un triste primer lugar en percepciones negativas sobre la equidad de género.

Todo esto sería una anécdota si no es porque estas creencias van de la mano con otros comportamientos observados en el Caribe: las costeñas presentan las tasas más bajas de participación en el mercado laboral remunerado y, al mismo tiempo, tienen las mayores brechas en las horas dedicadas al trabajo no remunerado, ya que gastan 5,3 horas más que los hombres costeños en estas tareas, y estas diferencias persisten aun cuando el hombre está desempleado.

Mi invitación para quienes lean esta columna es a repensarnos desde las normas culturales y sociales que tenemos más arraigadas respecto al papel de la mujer en la sociedad. Para alcanzar la verdadera equidad de género en el mercado laboral y en lo económico, debemos empezar por distribuir de manera equitativa el trabajo no remunerado que sucede en los hogares.

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