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Columna

Desafío del empleo en Cartagena

“Una economía puede generar más ocupación, pero si esa ocupación se concentra en la subsistencia, con baja productividad y sin acceso a...”.

Andrea Piña Gómez

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En la antesala del Día del Trabajador, hay una cifra que vale la pena mirar con atención: en Cartagena hoy hay más personas ocupadas que hace un año.

En el último trimestre de 2025, más de 418 mil personas tenían alguna actividad económica. Es un crecimiento del 4% frente al mismo periodo del año anterior. La tasa de ocupación también mejoró y se ubicó en 56,7%, aunque aún por debajo del promedio nacional, que alcanzó el 58,6%.

A primera vista, el panorama es alentador, pero cuando se observa con más detalle, la lectura cambia.

El 53% de quienes hoy trabajan en la ciudad lo hacen por cuenta propia, mientras que solo el 36% corresponde a empleados particulares. Y cerca del 49,6% de las unidades productivas operan en condiciones de informalidad. A esto se suma una tasa de subocupación del 9,1%, superior al promedio nacional (7,3%).

Es decir, el empleo crece, pero no necesariamente en condiciones que garanticen estabilidad, ingresos suficientes o posibilidades reales de desarrollo, y esa diferencia importa, porque trabajar no siempre es sinónimo de avanzar.

Una economía puede generar más ocupación, pero si esa ocupación se concentra en esquemas de subsistencia, con baja productividad y sin acceso a protección social, el impacto sobre la calidad de vida de las personas y sobre la competitividad del territorio es limitado.

Cartagena, además, concentra el 57% de su empleo en sectores como comercio (19%), transporte (14%) y servicios asociados a actividades públicas, salud, educación y alojamiento, lo que evidencia tanto su dinamismo como los retos estructurales en materia de formalización y generación de valor. Esto plantea una pregunta de fondo: ¿qué tipo de empleo estamos construyendo?

No es una discusión menor; es, probablemente, una de las más relevantes para el futuro de la ciudad, porque el desarrollo no se mide únicamente por cuántas personas trabajan, sino por las condiciones en que ese trabajo ocurre.

Implica preguntarse por la productividad, por la estabilidad, por las oportunidades reales de crecimiento. Implica entender que el empleo de calidad no se da de manera automática, incluso en escenarios de crecimiento económico. Requiere decisiones que pasan por fortalecer el tejido empresarial, por cerrar brechas de informalidad, por impulsar sectores con mayor capacidad de generar valor y por crear condiciones que permitan que más personas transiten de la subsistencia a la consolidación.

En otras palabras, construir un entorno donde trabajar sí signifique avanzar. Esa es, quizás, la conversación que vale la pena dar en este momento, y no si hay más empleo, sino qué tan lejos nos está permitiendo llegar.

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