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Columna

Falsos positivos: la narrativa que distorsionó la verdad

No fue política de Estado. Fue crimen… y fue convertido en relato.

GABRIEL JAIME DÁVILA GÓMEZ

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Hay mentiras que no se imponen por la fuerza.

Se imponen por repetición.

Durante años, Colombia ha sido sometida a una consigna convertida en dogma: que los llamados “falsos positivos” fueron la esencia de una política de Estado.

Una frase repetida hasta el cansancio… hasta volverse verdad para muchos.

Pero la realidad —como casi siempre— es más compleja.

Sí, los falsos positivos existieron.

Sí, fueron crímenes aberrantes.

Sí, dejaron una herida profunda en el país.

Y hoy, incluso, la cifra ha sido actualizada por la Jurisdicción Especial para la Paz a 7.837 víctimas.

Pero aquí empieza la verdad que no quieren que entiendas:

Ese aumento no responde al descubrimiento de una nueva política de Estado, sino a la ampliación del periodo de análisis (de 2002–2008 a 1990–2016) y al cruce de nuevas fuentes de información, incluyendo informes de víctimas y datos institucionales.

Es decir:

más datos, más tiempo, más casos identificados.

No una nueva verdad política.

Y esa diferencia es fundamental.

> Porque, aun con esa actualización, nunca se ha probado judicialmente que estos hechos hayan sido una política de Estado ordenada desde la Presidencia, ni que hicieran parte formal de la política de seguridad del gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

La JEP no ha dicho eso.

Y el que diga lo contrario, está repitiendo un relato, no una decisión judicial.

Lo que sí ha establecido la JEP es otra realidad:

Que existieron patrones criminales en algunas unidades militares,

que hubo presiones operacionales en un contexto de guerra real,

pero nunca una doctrina institucional orientada a violar la ley.

Porque hay una verdad que no pueden borrar:

la doctrina oficial nunca ordenó matar inocentes.

Los manuales de derechos humanos estaban vigentes.

La legalidad era principio rector.

La instrucción era clara: combatir, sí… pero dentro de la Constitución.

Lo que ocurrió —y esto no se puede maquillar— fue que algunos miembros de la Fuerza Pública traicionaron esa doctrina, violaron la ley

y convirtieron el deber en crimen.

Y por eso fueron investigados.

Y por eso fueron condenados.

Y por eso han comparecido ante la justicia.

Eso no lo hacen los Estados criminales.

Eso lo hacen las democracias cuando fallan… y responden.

Pero mientras el país era conducido a mirar solo hacia un lado, otra historia —más larga, más brutal, más sistemática— era suavizada.

La historia de la FARC-EP.

No como discurso político.

No como narrativa romántica.

Sino como lo que fue:

una maquinaria criminal durante décadas.

La JEP ha documentado cifras que deberían estremecer a cualquier nación:

Más de 18.000 niños reclutados.

Niños convertidos en soldados.

Niñas sometidas a violencia sexual y control reproductivo.

El secuestro convertido en industria.

Cautiverios con tortura, humillación y muerte.

Campesinos desplazados.

Indígenas violentados.

Comunidades enteras sometidas.

Esto no fue un exceso.

No fue un error.

Fue un sistema sostenido en el tiempo.

Y aquí aparece el contraste.

Porque mientras miembros de la Fuerza Pública han enfrentado cárcel, procesos, condenas y reconocimiento de responsabilidad…

los máximos responsables de esa maquinaria criminal siguieron otro camino.

No empezaron pagando.

Empezaron participando.

Llegaron al Congreso.

Ejercieron poder.

Tuvieron voz política.

Y solo después comenzaron a enfrentar sanciones bajo un modelo que privilegia lo simbólico sobre lo material.

Sanciones sin cárcel.

Trabajos restaurativos.

Y una sensación creciente en las víctimas:

que la justicia no alcanza.

Porque el problema no es solo lo que pasó.

Es cómo se decidió contar.

A unos se les convirtió en el símbolo absoluto del mal.

A otros se les permitió diluir décadas de horror en el lenguaje de la reconciliación.

A unos se les exigió pagar antes de hablar.

A otros se les permitió hablar antes de pagar.

Y eso no es justicia.

Eso es narrativa.

Colombia no necesita negar su historia.

Necesita dejar de manipularla.

Porque cuando la verdad se ajusta al relato…

la justicia deja de ser principio

y se convierte en instrumento.

Los falsos positivos fueron una tragedia.

Pero la mayor tragedia es la mentira con la que los convirtieron en relato único.

Y mientras ese relato siga dominando…

la verdad seguirá siendo la primera víctima.

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