Pensemos en la gran cantidad de brutalidad, crueldad y mentiras que pueden extenderse por todo el mundo civilizado. ¿Creemos que un puñado de hombres ambiciosos y embusteros, sin conciencia, podrían salirse con la suya y desatar todos estos espíritus malignos si no tuvieran millones de seguidores que comparten su culpa?» — Sigmund Freud
El padre del psicoanálisis no alcanzó a ver el desenlace del horror que intuía, pero murió a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, que confirmaría su diagnóstico.
El conflicto en Palestina ha desbordado cualquier intento de justificación. La devastación sistemática, los miles de muertos, el hambre como castigo y la destrucción de hospitales, universidades y hogares dibujan un paisaje que desmiente la idea de un mundo regido por normas. Israel, con el respaldo decisivo de Estados Unidos, ha quedado inscrito en la memoria global no solo como actor de una guerra, sino como símbolo de una fractura ética más amplia.
Y, sin embargo, lo más perturbador no es únicamente la violencia, sino la reacción frente a ella. Las resoluciones internacionales se acumulan sin efecto, mientras una parte significativa del mundo observa en silencio. La repetición de imágenes —una madre abrazando el cuerpo inerte de su hija, cadáveres alineados en el polvo— ya no provoca el mismo estremecimiento. La costumbre, ese mecanismo de defensa, se convierte también en forma de complicidad.
En El mundo después de Gaza —una breve historia—, Pankaj Mishra advierte: «La guerra acabará desvaneciéndose con el tiempo, que también aligerará su montón de horrores, pero las marcas de tanta calamidad permanecerán durante décadas en Gaza… y aquellos que observaron desde lejos, de brazos cruzados, la muerte y la mutilación de decenas de miles de personas en una angosta franja costera, y que fueron testigos del aplauso o de la indiferencia de los poderosos, vivirán con una herida adentro». Más adelante nos ubica: «Yo he decidido escribir sobre esa culpa, una condición humana muy extendida tras la oleada de asesinatos en masa en Oriente Medio, a cargo de Israel, retransmitida en directo, y sobre la obligación que los vivos tienen para con los muertos inocentes. Escribir también con la fe de que existe eso que se llama solidaridad entre unos seres humanos y otros, y que no acaba donde se ha trazado la línea del color».
No se trata de reconstruir lo ya destruido. En esa franja donde incluso se habla de levantar hoteles para las clases pudientes, sin asumir una culpa mundial que atraviese fronteras, el riesgo es repetir la historia bajo nuevas formas. Escribir sobre Gaza es poner sobre el tapete esa condición humana que permite que el dolor ajeno se comparta. Pero también es un acto de fe: la convicción de que existe una solidaridad que no se agota en las líneas del mapa ni en el color de la piel. Además, hay principios de humanidad que es necesario rescatar mediante instituciones más eficaces y más firmes.
Hay una frase que vale la pena tener en cuenta, atribuida a Martin Luther King Jr.: «No me preocupa el grito de los violentos… lo que sí me preocupa es el silencio de los buenos». Es una llamada vertical a no ser cómplices de este tipo de holocaustos y a levantar la voz. Una voz que puede ser insular, como una isla, pero muchas voces se convierten en una protesta multitudinaria que, por alguien, será escuchada. Y eso, indudablemente, marca la diferencia.

