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Columna

La maternidad

“La maternidad, vivida en Dios, es escuela de amor, entrega y esperanza; camino fecundo para sembrar paz en el corazón, en las familias y en el mundo entero...”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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El más grande privilegio que Dios nos concede a las mujeres es la capacidad de ser madres; no solo por la posibilidad biológica de engendrar hijos, sino por esa misión hermosa de participar en la vida de otros seres humanos de manera íntima y profunda, con tantas facetas espirituales, afectivas, emocionales, mentales y físicas, que nos involucran con todo nuestro ser.

Dios se nos revela como Padre y, al mismo tiempo, nos ama con una ternura que las Sagradas Escrituras compara también con la de una madre. Él nos da la vida, nos cuida y protege integralmente, con el deseo de que, usando nuestra libertad, escojamos participar de su comunión de amor con todos los santos y ángeles del cielo, desde esta vida, mediante los sacramentos, y en plenitud en la eternidad.

Por eso, la maternidad y la paternidad también pueden ser ejercidas espiritualmente por quienes, en nombre de Dios, acompañan a otros en el camino: sacerdotes, personas consagradas, laicos comprometidos, profesores, médicos, y tantos líderes, profesionales o servidores que cuidan, protegen, enseñan y entregan su vida con amor al servicio de los demás.

María, nuestra Madre celestial, es el mejor ejemplo de maternidad. Además de ser la Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la madre de la humanidad. Su propósito ha sido siempre acercarnos más a su Hijo, porque ella, más que nadie, comprende lo maravilloso que es para nuestra vida permanecer unidos a Él.

Mi fe se profundizó desde el momento en que tomé con más fuerza la mano de María a través del Santo Rosario, en épocas difíciles para nosotros, marcadas por persecuciones, secuestros de personas muy cercanas y la experiencia del exilio.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, mediante la meditación de los misterios del Rosario, fui entrando más en nuestra preciosa historia sagrada: el plan de salvación de Dios para la humanidad, revelado en la vida, enseñanzas, muerte y resurrección de Jesús, y todos los signos con los que Él permanece en medio de nosotros, nos transforma el corazón y nos ayuda a vivir como sarmientos unidos a su Corazón ardiente de amor.

En la escuela de María se aprende que el mejor regalo para nuestros hijos es la fe en Dios, la esperanza en sus promesas y la unión a su amor. Ella nos invita a hacer lo que Jesús nos mande, a dejarnos impregnar de los dones del Espíritu Santo y a enfrentar los desafíos de la vida unidos a su cruz redentora.

Que aprendamos a ser humildes como María, valorando las grandezas de Dios y permitiendo que Jesús reine verdaderamente en nuestro corazón. La maternidad, vivida en Dios, es escuela de amor, entrega y esperanza; camino fecundo para sembrar paz en el corazón, en las familias y en el mundo entero.

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