Es usual escuchar en algunas aulas de derecho o inclusive en profesionales de las ciencias jurídicas quejarse del estudio teórico del derecho manifestando preguntas tales como ¿Para qué me hacen leer a Kelsen o a Dworkin si lo que yo necesito es saber cómo presentar una demanda de carácter civil o acelerar un trámite (cualquiera sea la naturaleza) ante tal juzgado? Es importante anotar, que su pragmatismo no es un caso aislado; es el reflejo de una tendencia global en la educación superior que prioriza la técnica inmediata sobre el pensamiento crítico. Sin embargo, vaciar las aulas de Filosofía del Derecho para reemplazarlas exclusivamente por manuales de procedimiento es el camino más rápido para formar autómatas, no abogados.
Si bien es cierto, el derecho no es un conjunto de recetas de cocina que se siguen al pie de la letra. Los sistemas normativos cambian, los códigos se derogan y los criterios judiciales giran 180 grados con el cambio de un gobierno o la evolución de una sociedad la cual se encuentra regulada por dicho sistema. El profesional que basa todo su valor en memorizar la norma vigente se vuelve obsoleto el día que esa norma se reforma.
Aquí es donde radica la verdadera importancia de la Filosofía del Derecho: es el ancla conceptual del abogado. Mientras que el derecho positivo enseña cómo es la ley hoy, la filosofía enseña a preguntarse por qué es así, si es justa, y cómo debería ser mañana.
Ahora bien, dentro de las razones que un abogado en formación o en ejercicio e inclusive administrador de justicia debe tener conocimientos y formación en filosofía del derecho, es a fin de: (i) Evitar el “legalismo ciego” utilizando la lógica jurídica, (ii) desarrollar una alta argumentación jurídica, (iii) Aportar un sentido ético y axiológico al momento de analizar y los preceptos normativos.
Aprender a litigar, redactar contratos y dominar la oratoria son herramientas indispensables, por supuesto. Nadie defiende un idealismo que no sepa cómo plantarse ante los estrados judiciales. Pero la técnica sin pensamiento es hueca.
A manera de conclusión, las facultades de derecho tienen la responsabilidad de no ceder ante la presión de un mercado que a veces exige técnicos rápidos y baratos.
En la era de la inteligencia artificial, donde los algoritmos pronto podrán redactar contratos estándar y buscar jurisprudencia en milisegundos, lo único que blindará al abogado humano será su capacidad de analizar de forma crítica, ética y compleja. Y ese superpoder no lo da el código de procedimientos; lo da la filosofía.
