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Columna

El juicio paralelo de Cicerón

“Cuando el juicio formal comenzó, la suerte de Milón estaba tan clara que Cicerón, el gran orador, quedó paralizado...”.

Uriel Ángel Pérez Márquez

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En estos días de inmediatez y “liquidez” social y digital los sistemas penales siguen enfrentando a los juicios paralelos como ese enemigo hostil y recurrente, casi imposible de vencer. Este fenómeno, analizado con gran agudeza por los maestros Enrique Del Río y Milton Pereira en su artículo “Los juicios paralelos y su injerencia en el proceso penal colombiano. Tensiones entre la libertad de prensa e independencia judicial”, publicado en la prestigiosa revista especializada argentina “Derecho Penal y Criminología”, dirigida, dicho sea de paso, por el enorme Eugenio Zaffaroni, mayor referente del derecho penal en el mundo hispano, patentizan el innegable choque de trenes entre dos pilares de la libertad moderna: el derecho a informar de la prensa y la independencia del poder judicial.

Sin embargo, se ha de advertir que del hambre colectiva por el espectáculo punitivo no se pudo librar ni el icónico abogado romano Marco Tulio Cicerón. El asesinato del líder Plubio Clodio a manos de Tito Annio Milón en la vía Apia se resolvió primero en los estrados callejeros, antes que en los tribunales que sesionaban en el imponente Foro Romano.

Antes de instalarse el proceso judicial, algunos tribunos de la plebe (que eran una suerte de magistrados populares) orquestaron un verdadero juicio paralelo, utilizando la “contio” – una asamblea pública no judicial, cuyo único fin era informar o desinformar al pueblo sobre un caso- como una verdadera red social que operaba sin ninguna clase de filtros éticos, donde se presentaron testigos falsos, discursos de odio, filtración de expedientes y ataques dirigidos en contra del abogado, llegando al extremo de exponer el cadáver ensangrentado en el Foro. El incendio de ánimos fue similar al causado en el mobiliario del Senado y en la Curia.

Cuando el juicio formal comenzó, la suerte de Milón estaba tan clara que Cicerón, el gran orador, quedó paralizado, olvidó su discurso, tartamudeó y sin poder siquiera concluir su intervención, perdió el caso. Milón fue condenado al exilio.

No obstante, cuando bajó la volátil espuma mediática, Cicerón reescribió su discurso, que se conoce como “Pro Milone”, que no buscaba la absolución, sino una suerte de juicio mediático invertido que logró rescatar la reputación de su cliente ante la historia. Una propuesta similar, algo que resulta por demás llamativo, hacen los autores cuando en las conclusiones hablan de crear espacios y protocolos equilibrados de exposición mediática para los casos judiciales.

De manera, pues, que las tensiones que identifican Enrique Del Río y Milton Pereira en el contexto actual son profundamente humanas y antiquísimas. Se cambió el papiro por los portales de noticias, y el Foro Romano por las redes sociales, pero el peligro de que el populismo y el linchamiento público asfixien la independencia del juez sigue siendo exactamente el mismo.

*Docente universitario.

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