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Columna

El país no se cambia desde la orilla

Pero el mar enseña algo que la política muchas veces olvida: nadie puede surfear por ti.

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Hay días en el mar donde todo parece alinearse: viento suave, marea limpia, horizonte claro. Y hay otros donde el océano se levanta oscuro, revuelto, impredecible. Colombia hoy se parece mucho a ese segundo escenario. Un país tensionado, dividido entre discursos, intereses y miedo. Un país donde muchos esperan que alguien más tome el control de la tabla mientras las olas siguen creciendo.

Pero el mar enseña algo que la política muchas veces olvida: nadie puede surfear por ti.

No puedes volver atrás y cambiar el principio. No puedes deshacer malas decisiones, décadas de corrupción, violencia, polarización o promesas incumplidas. Pero sí puedes volver a empezar donde estás y cambiar el final. Eso aplica para una persona, para una familia y también para una nación.

El pesimista ve la dificultad en cada oportunidad. El optimista ve la oportunidad en cada dificultad. Y en tiempos como estos, esa diferencia lo cambia todo. Porque mientras unos solo ven caos, otros entienden que las grandes transformaciones nacen justamente en aguas incómodas. Ningún surfista aprende en mar plano. El carácter se construye cuando la corriente empuja en contra y aun así decides remar.

Hoy mucha gente vive atrapada entre el cansancio y la indiferencia. Entre la sensación de que nada cambia y el miedo de involucrarse. Pero quien no juega el juego, no escapa de él; se convierte en pieza. Y una sociedad llena de espectadores termina siendo dirigida por quienes sí entendieron el valor de moverse.

En el surf, quedarse quieto es perder posición. El mar no espera. La vida tampoco.

También existe otra lección profunda que el océano deja: no basta con tener buenas intenciones. El problema no es ser bueno, es ser bueno sin estructura. Porque la bondad sin forma no protege, se disuelve. Y cuando te disuelves dentro de relaciones, trabajos, gobiernos o sistemas, lo que queda no es conexión, es desgaste. Y el desgaste, con el tiempo, no solo te agota: te borra.

Colombia ha tenido demasiada gente buena agotándose dentro de estructuras rotas. Personas honestas sin respaldo. Líderes sin dirección. Ciudadanos sin organización. Como surfistas entrando al mar sin leer la corriente.

Por eso el futuro no depende solamente de tener esperanza. Depende de construir estructura, criterio, disciplina y visión. En el mar, la pasión sola no salva; necesitas equilibrio, lectura y timing. En un país ocurre igual.

Y al final, en las playas y en la vida, siempre termina pesando más lo que haces que lo que dices. Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices. Las acciones tienen volumen propio. Un surfista no demuestra su nivel hablando desde la arena, sino entrando al agua cuando las condiciones se ponen difíciles.

Tal vez esa sea la metáfora más importante para Colombia hoy: dejar de mirar las olas con miedo y empezar a entender que incluso la tormenta puede convertirse en dirección para quien aprende a leer el mar.

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