Si usted encendiera un televisor de tubo en febrero de 1986, se encontraría con dos ilustres personajes enfrentándose en las pantallas. No se batían a duelo de espadas ni de fuego, sino con el peso de la palabra y la agudeza del intelecto. Aquellos caballeros eran Álvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán, protagonizando el primer debate televisado en la historia de Colombia. El gran ausente de la noche fue, de manera muy conveniente, quien a la postre resultaría ganador: Virgilio Barco Vargas, considerado por muchos como el último verdadero liberal que gobernó este país —salvando, lógicamente, las distancias con las dinámicas de la tecnocracia posterior—.
Si usted repite la operación hoy, ya no a través de un viejo aparato sino desde la pantalla de su teléfono celular o su computador portátil, la diferencia lo golpeará de frente. El escenario actual ha cambiado: la televisión ahora muestra a candidatos de diversas vertientes, orígenes y espectros políticos. Sin embargo, a pesar de esa aparente apertura, la evolución ha sido hacia el abismo.
Los punteros de las encuestas prefieren no aparecer en los debates, imposibilitando toda confrontación real de ideas. Y cuando deciden dar la cara, lo hacen únicamente a través de medios que les sirven de escampadero mediático; paraguas editoriales alineados con sus intereses donde se resguardan de la tormenta de los cuestionamientos reales. Pero el vicio de la indignidad no es exclusivo de los favoritos; se extiende cuesta abajo hasta salpicar a los mismos coleros de la contienda. Ya no hay profundidad, ya no hay programas estructurados; la propuesta fue suplantada por el ataque sistemático.
Por un lado, vemos al candidato del gobierno —aquel a quien van destinados todos los recursos de la ya raspada olla presupuestal— llenando plazas públicas y hablándole al “pueblo”, olvidando convenientemente que, según nuestra Constitución, pueblo somos todos los colombianos y no solo una facción. Su discurso se reduce a destilar pestes contra el máximo referente de la derecha en Colombia, un expresidente por el cual profesa no solo una profunda aversión, sino una obsesión malsana. Vende la bandera de la paz, pero su tarima solo ofrece la retórica de aplastar, eliminar y erradicar la diferencia. Sus ideas son básicas, carentes de propuesta y profundidad, reservadas únicamente para profundizar la polarización.
En la otra orilla de la cancha emerge quien se está convirtiendo en el nuevo referente de la derecha. Utilizando palabras de grueso calibre contra el establecimiento y el candidato oficialista, parece olvidar que todo abogado tiene la obligación moral y social de guardar compostura y decoro en sus declaraciones públicas.
Con todo, lo más preocupante no es la actitud de estas figuras públicas —ni la bajeza de los coleros, que ahora acuden incluso a la Inteligencia Artificial para descalificar al rival—, sino el hecho de que la población esté validando y aplaudiendo estos comportamientos reprochables.
En 1986, Colombia estaba lejos de ser un paraíso terrenal, pero uno podía pasar horas analizando debates de altura. Había una impecable presentación personal en los aspirantes —muy lejos de los horribles sacos de lana que hoy desfilan por las tarimas— y, por encima de todo, un genuino respeto mutuo que sobrevivía a las diferencias ideológicas. Un apretón de manos sellaba una alianza de caballerosidad donde la única guerra permitida era la de los argumentos.
Hoy, ese respeto nos hace falta en la conciencia colectiva. Es imperativo dejar constancia de que, si las encuestas marcan una tendencia que parece irreversible, el ganador no llegará al poder por la fuerza de sus propuestas, sino por haber despellejado a su rival de una manera inmisericorde. La victoria de hoy ya no se mide por la altura de las ideas, sino por el tamaño de la bajeza.
