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Columna

Narcosociedad

“La coca, de milagrosa planta ancestral, se transformó en peligroso veneno para la vida…”.

Eduardo García Martínez

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¿Es Colombia una narcosociedad? Afirmarlo podría ser exagerado, pero hay razones para sentirse alarmado. La definición de narcosociedad como fenómeno que muestra a la economía ilícita del narcotráfico permeando el tejido social y cultural de un país, parece cazar de manera precisa en el nuestro. No de otra forma se explica que valores como la ética, y también las costumbres sociales, se formalicen con acciones y actividades abiertamente mafiosas en ciudades y territorios. Desde los años 70 y 80, Colombia entró de lleno en el fangoso escenario del narcotráfico. De ahí no ha podido salir. Medio siglo después de la irrupción de Pablo Escobar en el firmamento narco, y luego de la formalización de los carteles de Medellín, Cali y la costa Caribe, la sociedad colombiana no ha tenido respiro, más allá de lo que le ha marcado la organización mafiosa de la cocaína. Los pininos iniciales de los ruidosos marimberos guajiros, que se aliaron con los silenciosos gringos para sembrar marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta y llevarla luego a los consumidores de USA, quedó como lejana anécdota a pesar de su estridencia.

Bien pronto se supo que lo verdaderamente importante era la ancestral mata de coca que, transformada en cocaína, llenaría no solo las narices de los viciosos del mundo, sino los bolsillos cada vez más amplios de los narcos de postín. Hoy el negocio lo mueven organizaciones criminales poderosas, que permean gobiernos, instituciones financieras, empresariales, políticas, judiciales, militares, policiales, casi todo.

En Colombia el negocio está donde menos se cree: la hidra de mil cabezas engulle empresas, entidades, familias, organizaciones. Desde aquellos tiempos de Escobar, el negocio traqueto, la violencia, el crimen se sembró en buena parte de la sociedad colombiana. Hablar como traqueto, actuar como mafioso, untarse de la cultura del narco se convirtió en nuevo idioma nacional. Tampoco de ahí hemos salido. Amenazar, insultar, perseguir, despojar, matar, hace parte de esa penosa realidad.

La cocaína ha sido la caja fuerte de todas las organizaciones criminales del país. Engulló a las guerrillas que se movían por principios revolucionarios que buscaban mejores sociedades. De ella salieron los ejércitos paramilitares que sembraron horror a lo largo y ancho del país con su consigna contrainsurgente. De su fuente han bebido políticos, militares, policías, jueces, fiscales, magistrados, académicos empresarios, periodistas, amorosos padres de familia desviados de su cauce, muchachos convertidos en sicarios. La coca, de milagrosa planta ancestral, se transformó en peligroso veneno para la vida, e inigualable regalo para los ambiciosos amos del capital transnacional en la sombra. ¿Hasta cuándo?

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