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Columna

Habitabilidad con reglas claras

“También se entendió que no bastaba con ofrecer vivienda social. La apuesta tenía que ser por vivienda digna...”.

Javier Pimienta

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En mi columna anterior conté cómo de una alianza improbable nació una causa común: defender la permanencia de la vida de barrio en Getsemaní. De esa alianza surgió también la decisión de tomarse en serio el sueño que la comunidad tenía desde hace décadas: una propuesta de vivienda destinada a que su gente pudiera quedarse. La llamaron, con enorme claridad, Vivienda de Interés Patrimonial.

Ese nombre ya contenía una idea poderosa. En un barrio donde la mayor amenaza era la pérdida de habitabilidad, proteger el patrimonio no podía limitarse a conservar edificios. También exigía crear condiciones para que la comunidad pudiera permanecer.

Entre ese sueño y lo que hoy llamamos La Resistencia de Getsemaní hubo un camino largo de conversaciones, desacuerdos, aprendizajes y construcción de confianza. Los principios que hoy orientan al proyecto no nacieron desde el inicio. Fueron tomando forma con el tiempo, a medida que entendíamos qué tipo de respuesta exigía la magnitud del problema.

El primero fue que la solución debía servir para el muy largo plazo. No podía convertirse en un alivio temporal que, años después, terminara siendo otro factor de desplazamiento. La permanencia tenía que quedar incorporada en el modelo mismo.

El segundo fue que este proyecto debía construirse con la comunidad, no solo para ella. Esa diferencia no es retórica, significa otorgar a la comunidad una capacidad real de incidir en el diseño, en las reglas y en el rumbo del proyecto.

El tercero fue la ambición. En un barrio con tan pocas oportunidades para recuperar habitabilidad, y con un desplazamiento tan profundo como el que hoy muestran los datos, una apuesta tímida habría sido insuficiente.

También se entendió que no bastaba con ofrecer vivienda social. La apuesta tenía que ser por vivienda digna, con equipamientos y condiciones de habitabilidad que permitieran una vida cotidiana de calidad.

Otro acuerdo fundamental fue que La Resistencia no podía plantearse como filantropía. Si quería convertirse en realidad, debía asumirse como una iniciativa privada, sostenible, con reglas claras y financieramente viable, capaz de demostrar que la permanencia de la comunidad no es una utopía, sino una posibilidad concreta si se estructura con rigor.

Desde el comienzo se tuvo claro que el proyecto nacía del PES Vida de Barrio y que debía servir para algo más que confirmar un reconocimiento cultural: tenía que producir efectos reales sobre la sostenibilidad del barrio.

Y hubo un último principio decisivo: La Resistencia no debía convertirse en un enclave aislado. No se pensó como un barrio aparte, sino como parte integral de Getsemaní, llamado a fortalecer otras iniciativas de habitabilidad y a contribuir a la preservación del tejido social.

En las próximas columnas me detendré en cada uno de estos principios. Porque en ellos no solo se juega el futuro de un proyecto, sino una respuesta posible a la pregunta más difícil de todas: cómo hacer para que la vida de barrio no sea apenas una memoria, sino una realidad con futuro.

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