Las palabras crean realidad. Es una certera afirmación de la filosofía del lenguaje y es evidente que las palabras que se están pronunciando hoy en el país, en discursos en plazas y centros de eventos, en calles y oficinas, en talleres y hogares nos dejan perplejos, porque se han traspasado los límites de la decencia, la búsqueda de la verdad y la grandeza de la sensatez.
Cuando quisieron poner en tela de juicio su lucha por el Reino, le criticaron y cuestionaron sus acciones en favor de los enfermos y excluidos; cuando no comprendieron su postura frente al perdón sin límites; y ante todo, su clara afirmación de que primero son los pobres y por ello la grandeza de lo revelado se ocultaba a sabios y entendidos, Jesús de Nazaret guardó silencio. Y cuando le hicieron la pregunta capital que hoy nos tiene en jaque, acerca de qué era la verdad, guardó silencio porque Él era el camino, la verdad y la vida. Y esos silencios de Jesús gritaban acerca de lo que estaba sucediendo en Él: Dios había asumido la condición humana para salvarnos de todo lo que envilece, como la proliferación de palabras de condena y calumnias acumuladas, desde las llamadas nuevas tecnologías de la información y comunicación.
Quizá nos convenga en estos días un silencio respetuoso y profundo, sereno y sanador que nos impida la discusión apasionada que llega a los límites de la sinrazón, para dejar que el discernimiento nos encuentre libres de las diatribas, insultos, resquemores y resentimientos que nos genera el tocar el tema electoral actual. Porque también el silencio es una forma de lenguaje y es detalle que cuestiona, porque no encuentra respuesta ante la agresividad y la insidia.
Los papas Francisco y León han sido claros en señalar la grandeza del quehacer político cuando es en función del bien común y de la construcción de humanidad, desde la preferencia por los pobres; pero es posible que ese quehacer en el país de hoy pida, que más allá de las palabras, entremos en un silencio capaz de señalar los caminos de la comunión y la unidad como pueblo, que nos hagan experimentar en verdad que somos hermanos, hijos de un mismo padre de la misericordia, seguidores de un único Jesús del Reino y portadores de la fuerza del Espíritu que nos incita a permanecer en el amor, “porque el que ama ha conocido a Dios, porque Dios es amor y quienes permanecen en el amor permanecen en Dios, y Dios en ellos y ellas (1Jn 4, 15-16). Acojamos este bello reto y seamos capaces de silenciar el corazón y la conciencia, por nuestro bien y el de los demás, siendo generadores de la civilización del amor a la que nos invita el Papa León en su Encíclica Magnífica Humanidad.
*Teólogo Salvatoriano, Parroquia Santa Cruz de Manga.
