Si usted piensa votar por Iván Cepeda, este artículo es para usted. No para insultarlo ni asustarlo: para hablarle como a un adulto inteligente, que madruga, trabaja o rebusca, y que quiere lo mismo que yo: un futuro mejor para los suyos.
Hágase una sola pregunta: ¿de dónde sale la plata? Los subsidios, la salud, las vías y los colegios no se pagan con discursos. Se pagan con impuestos, y los impuestos salen de una economía que produce: del tendero, del mototaxista, del hotelero, de la empresa grande y del negocito de barrio. Cuando un gobierno ahuyenta a quien invierte y produce, la plata se acaba, y los primeros en sufrirlo no son los ricos, que se van; somos los de a pie, que nos quedamos.
No es teoría: es Venezuela, Cuba y Nicaragua. Allá también prometieron justicia para el pueblo. Hoy el pueblo come mal, gana sueldos de miseria y emigra, mientras sus dirigentes viven como los millonarios que decían combatir. Millones de venezolanos caminando por nuestras carreteras son la prueba que no necesita explicación.
Le dirán que usted no tiene nada que perder. Falso. Usted tiene su casa, su moto, su puesto de fritos o su carreta, su empleo, su libertad de protestar y de votar distinto. Un Estado con poder para quitarle todo al rico también tiene poder para quitarle lo poco o lo mucho a usted. La propiedad privada no es un lujo de magnates: es la garantía de que nadie le arrebata lo que le costó años de sudor.
Y hay una ley económica que ningún discurso puede derogar: donde la propiedad no se respeta, la inversión huye, y donde la inversión huye, llega la miseria. Nadie construye un hotel, monta una fábrica o abre un local si teme que mañana se lo expropien o se lo asfixien a impuestos. El capital es miedoso: al primer anuncio de confiscación se va para Panamá, y lo que se va con él son los empleos, los contratos y las propinas que viven de él. Cartagena lo sabe mejor que nadie: del turismo, el puerto y la industria de Mamonal comen cientos de miles de familias. Espantar a quien invierte no castiga al rico; castiga al mesero, al taxista, al albañil y a la vendedora de la playa.
Usted no necesita un padrino eterno en el poder; necesita empleo formal, servicios que funcionen, crédito, seguridad y que el Estado le facilite la vida en vez de administrársela. Quien le promete migajas a cambio de su voto lo necesita pobre y agradecido. Quien lo respeta, le ofrece oportunidades para que no dependa de nadie.
Que quede claro: a los bandidos no se les apoya, no se les premia ni se les negocia la impunidad. Al que extorsiona, roba o mata se le enfrenta de manera frontal, con toda la fuerza del Estado y el peso de la ley, sin contemplaciones, porque sus primeras víctimas no son los ricos: son los barrios populares.
Su voto es lo más valioso que usted tiene: nadie puede comprarlo ni heredarlo. No lo entregue por rabia ni por promesas recicladas. Entréguelo a quien lo trate como capitán de su propia vida, no como pasajero eterno de la pobreza. Piénselo bien: usted vale más, y su voto también.
