En una de esas decisiones que lustros después serían causa del final de la monarquía, fue arrestado en una oscura y lóbrega fortaleza, a la sazón convertida en prisión. Allí, el monarca pretendió encerrar una idea, pero terminó alimentando el espíritu crítico. Su delito fue haber escrito ‘Carta sobre los ciegos para uso de los que ven’, donde planteó el poder de la razón sobre los dogmas.
Allí estuvo más de 100 días. El encierro logró consolidar la convicción de que la censura era incapaz de amordazar el conocimiento. Uno de esos días un buen amigo llamado Rousseau recorrió varios kilómetros para visitarlo. En el camino leyó el anuncio de un concurso de la Academia de Dijon que le llevó a concebir su célebre ‘Discurso sobre las ciencias y las artes’. Así, el encierro de uno inspiró dos de las obras más influyentes de La Ilustración. Y es que poco antes un grupo de libreros había contratado al preso para dirigir la traducción de la Cyclopaedia. Sin embargo, Denis Diderot no se limitó a traducir. Reorganizó todo el saber humano bajo los principios de la razón, la observación y el pensamiento crítico. La empresa era ambiciosa, todo el conocimiento humano quedó organizado en tres ramas: memoria (historia), razón (filosofía y ciencias) e imaginación (bellas artes).
Miles de artículos escritos por más de 100 colaboradores (Voltaire, Rousseau, entre otros). Fue el primer intento moderno por crear una red del conocimiento que imbricaba temas para descubrir conexiones inesperadas similares a los hipervínculos de internet. Él ya concebía el saber como una red en constante expansión a partir de su monumental obra y por ello pretendía que el propietario no fuera un rey ni una iglesia, sino la humanidad entera. Además, esperaba que al ordenar todo el saber de su tiempo facilitaría que las generaciones futuras lo corrigieran, lo ampliaran y, si es necesario, lo contradijeran. No pretendía imponer dogmas, sino promover el pensamiento crítico para derribarlos. La consigna no era debilitar la autoridad, pero sí fortalecer solo aquello que mereciera perdurar, promoviendo el ocaso de regímenes basados en el secuestro de la verdad.
La Enciclopedia esperaba ser, y así fue, un faro, un camino sin final, puesto que mientras exista un ser humano dispuesto a preguntar, la obra siempre será inconclusa, y mientras la curiosidad sobreviva, la humanidad seguirá edificando los cimientos del saber. Al democratizar el conocimiento permitió que la razón pasara de ser privilegio de pocos a patrimonio de la humanidad. Un día como hoy, hace más de 270 años, Diderot publicó el primer volumen de La Enciclopedia, que moldeó a genios como Kant, que lo resumió en “atrévete a saber”.
*Profesor Universidad de Cartagena.

