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Columna

Los caminos de la sensatez

A un segundo camino se le ha llamado la desobediencia civil. Thoreau la trazó con esta frase demoledora.

Orlando Díaz Atehortúa

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“La única obligación que tengo derecho a asumir es hacer siempre lo que creo correcto.”

—Henry David Thoreau, La desobediencia civil

El primer camino es, en realidad, una trocha llena de baches. La ira es un sentimiento adverso y maligno cuando carece de medida. La sensatez, en cambio, es la virtud de actuar en forma razonada y pacífica, sin acudir al alarido ni a la violencia. Aristóteles la situó en un justo medio, en su Ética a Nicómaco: ni la indolencia de quien calla ante la injusticia, ni el exceso de quien incendia donde debería dar luz. Hoy, en el amanecer de un gobierno que ya despierta alarmas, Colombia necesita caminos iluminados por la razón. La democracia no se defiende sola: la cuidan quienes se niegan a normalizar lo que nació gravemente torcido e irregular.

A un segundo camino se le ha llamado la desobediencia civil. Thoreau la trazó con esta frase demoledora: “La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ella, incluso los mejores dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia.” Gandhi lo convirtió en su método político en la India: resistencia organizada frente al colonialismo inglés, rechazando toda violencia contra las personas o sus bienes. Esas mismas ideas inspiraron a Martin Luther King en el imperio del Norte. No se trata de un golpe de Estado, ni de incitación perversa alguna: es simplemente el ejercicio de una oposición civil, lúcida, legal y sin armas, con la convicción de que la justicia, aunque tarde, pesa más que la fuerza bruta.

Es lógico enunciar una sola razón, válida y legítima, sobre la incompatibilidad que el presidente electo ha preferido callar. De la Espriella juró lealtad exclusiva a la Constitución de los Estados Unidos —se convirtió en súbdito del país del norte— y el 7 de agosto jurará fidelidad a Colombia. Esa doble promesa genera un conflicto histórico: ¿cómo defenderá al país ante la minería transnacional? ¿Cómo cuidará la soberanía energética, ante su llamado de permitir el fracking? ¿Cómo negociará tratados de libre comercio, con lealtades divididas? Es un deber ético que De La Espriella renuncie a su nacionalidad estadounidense. Sobre este crucial punto, hasta el momento, no ha dicho una sola palabra.

Por último, es crucial señalar de dónde está proviniendo realmente el ejercicio de la violencia. El concejal Andrés “El Gury” Rodríguez, de Medellín, sin sonrojo alguno, pide bombardear las zonas donde ganó el progresismo, ignorando que allí también votaron por el hoy presidente y se dieron muchos votos en blanco. Peor aún: advierte a los integrantes del Pacto Histórico, que tienen un mes para entregarse o se someterán “al monopolio de la violencia del Estado”, declarando la guerra a todos los de izquierda. Ahí está el verdadero fanatismo, ahí es donde se encuentra el germen de la arbitrariedad desbordada; esa ira maligna, dirigida contra el prójimo, no puede ser desconocida por la justicia penal.

Cepeda llama a la desobediencia civil pacífica. Tiene razón. Esa oposición pacífica se la debemos a los doce millones setecientos cincuenta mil colombianos que votaron por el progresismo. Especialmente a los cuatro millones —entre ellos, damas en embarazo y ancianos— que cruzaron ríos y montañas. Ellos hicieron “vacas comunitarias” para llegar a las urnas, desde los rincones más apartados de la patria. La situación no está fácil. Pero la sensatez —no la ira— es la única arma que ningún monopolio de la violencia puede confiscar, ni ningún fanático arbitrario nos puede quitar.

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