Descendía un hombre de Jerusalén a Jericó bajo un sol implacable por un camino polvoriento. En un recodo solitario del sendero fue asaltado: lo despojaron, lo golpearon y lo dejaron tendido, medio muerto. Pasaron por allí un sacerdote y luego un levita; ambos lo vieron y siguieron su camino. Más tarde apareció un samaritano, un extranjero diferente de aquellos que juzgan por ideologías y banderas. No calculó razones ni midió riesgos, al verlo, se compadeció. Se acercó, limpió sus heridas, las vendó, lo subió a su propia montura y lo llevó a una posada. Pagó al posadero y prometió volver para cubrir lo que faltara. No proclamó su bondad, ni buscó reconocimiento; su gesto fue una respuesta genuina y sencilla al sufrimiento que tenía delante.
La solidaridad, la empatía y la compasión son formas de vínculo humano que se sostienen unas a otras: la solidaridad es la disposición activa a acompañar y compartir responsabilidades, transformando la cercanía en acciones concretas; la empatía es la capacidad de comprender y resonar con el mundo emocional del otro, escuchar y ponerse en su lugar sin perder la propia perspectiva; la compasión nace de esa comprensión y se traduce en ternura y cuidado efectivo, en la decisión de aliviar el sufrimiento respetando la dignidad ajena. La lástima, en cambio, se queda en la distancia: reconoce el dolor, pero lo observa desde fuera, sin hacer algo para ayudar a resolver la circunstancia adversa. Empatía, compasión y solidaridad son valores y habilidades psicosociales que deben cultivarse en las familias y enseñarse tempranamente en las escuelas.
La tragedia en Venezuela se agrava no solo por el desastre material, sino por la nula respuesta institucional: fuerzas armadas deshumanizadas que, en lugar de priorizar el rescate y la protección de vidas, ante tremenda emergencia, han mostrado actitudes crueles de control y obstrucción que entorpecieron la llegada y el trabajo de delegaciones internacionales. Las trabas administrativas, la politización de la ayuda y la militarización de la escena han convertido el área del desastre en un campo de poder, donde la prioridad parece ser el control más que la vida humana. Ante tan inexplicable conducta, rueda la información de que Diosdado Cabello y otros Generales del Cartel de los Soles tendrían almacenados en edificios de La Guaira, toneladas de cocaína y de dólares, razón por la que consideran un peligro que las delegaciones de rescatistas de diferentes países puedan descubrirlas.
Ese es el país político al que no quisimos parecernos, por eso el pueblo colombiano consciente se manifestó en las urnas por una alternativa diferente. Muy a pesar de la retórica del saliente, de ser el gobierno de “la paz y la vida”, una falsa promesa que estuvo muy lejos de ser cumplida.
*Psiquiatra.

