El miedo es, en principio, un mecanismo de supervivencia. Al manifestarse como temblor o sobresalto, activa el cuerpo y agudiza la atención para alertarnos frente al peligro. Gracias a este medimos consecuencias, anticipamos riesgos y tomamos distancia de aquello que puede hacernos daño. Pero el miedo no siempre aparece frente a una amenaza real e inmediata; a veces se convierte en una emoción que ordena -y limita- nuestra vida.
En ese punto se manifiesta como parálisis o como un manejo medido de la distancia disfrazado de prudencia, costumbre o silencio razonable. Nos decimos “no es el momento”, “no quiero hacer daño”, “las cosas están bien así”, cuando quizá lo que queremos decir es “no sé qué hacer con lo que siento”, “no quiero perder todo lo que tengo”, “no me atrevo a enfrentar el costo de una verdad”. Entonces, el miedo ya no nos protege del daño, sino del precio de asumir lo que sentimos, elegimos o provocamos. Nos arrastra a sostener una vida que ya no sabemos habitar o a movernos en círculos, bordeando, aproximándonos hasta donde todavía podemos retroceder y conservar el contacto sin asumir su significado.
Por eso, la responsabilidad afectiva empieza en la honestidad con uno mismo, en reconocer que lo que sentimos, callamos, evitamos o postergamos también produce efectos. Tenemos miedo a nombrar, a decidir, a perder, a romper una imagen, a decepcionar, a admitir una contradicción o a empezar de nuevo. Miedo a mirar a alguien a los ojos y reconocer que nuestra ambigüedad hiere; miedo a admitir que preferimos sostener una estructura conocida antes que mirar de frente sus grietas.
Hay silencios que parecen prudentes, pero trasladan el peso emocional a otra persona; gestos amables que no reparan y normalidades que funcionan como evasión. Seguimos saludando, sonriendo, conversando, repitiendo rituales y sosteniendo escenas, como si la continuidad pudiera borrar aquello que nunca fue nombrado. También el miedo construye símbolos, una fotografía, una mesa compartida, un anillo, una publicación, una forma de presentarnos ante los demás. Los símbolos dan pertenencia y cuentan una historia, pero también pueden convertirse en refugios. A veces no permanecemos en una historia porque sea la más viva, sino porque romperla implicaría explicar demasiado.
Sentir miedo es inevitable; quedarnos a vivir en él, protegidos por la ambigüedad, es una decisión. Mientras dudamos, el tiempo no se detiene: consolida rutinas, profundiza distancias y desgasta vínculos. Cada postergación vuelve más costosas las decisiones y empuja al otro a elegir por nosotros antes que seguir atrapado en la sala de espera. Por eso, el reto no es dejar de temer, sino mirar el miedo de frente: nombrar lo que nos asusta, decidir y hacernos cargo. Sentir miedo no nos exime de responsabilidad, pero usarlo como refugio para no hacernos cargo cruza la línea de la cobardía.
* Profesora de la Escuela de Transformación Digital, en el Programa de Comunicación Social, de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

