Con el reciente impulso gubernamental hacia la descentralización, han vuelto a escucharse voces livianas que descalifican a Rafael Núñez, tildándolo de equivocado por su histórico viraje hacia el Estado centralista en 1886. Olvidan que juzgar el pasado con la cómoda miopía del presente ignora los aterradores abismos al borde de los cuales estuvo la patria, amenazada por fuerzas centrífugas que amenazaban con borrarla del mapa geopolítico.
Entre 1810 y 1885, la nación caminó sobre un terreno minado por la anarquía. Tras la euforia libertaria, la llamada ‘Patria Boba’ desangró al territorio en una cruenta guerra fratricida entre el centralismo de Cundinamarca y el federalismo de las Provincias Unidas. Ese desgarramiento suicida paralizó la defensa común y entregó la República, indefensa y fracturada, después de la implacable reconquista española de Pablo Morillo en 1816, un holocausto patriótico que dejó grabada con sangre la lección sobre los peligros mortales de la desunión.
El riesgo supremo tocó fondo bajo el delirio institucional de la Constitución de Rionegro de 1863. Aquel federalismo radical consagró nueve estados soberanos armados hasta los dientes, con ejércitos particulares, aduanas propias y soberanías autonómicas que convirtieron a Colombia en una frágil, caótica y peligrosa confederación de republiquetas enemigas entre sí. El país se abismó en un ciclo endémico de guerras civiles devastadoras que paralizaron la economía, destruyeron la infraestructura nacional y ahogaron el crédito externo. El clímax de esta pesadilla ocurrió en la conflagración de 1884-1885, cuando el Estado colapsó por completo, la hacienda pública entró en bancarrota absoluta y la integridad territorial pendía de un hilo delgado ante la amenaza inminente de una balcanización total.
Calificar de “equivocado” a Núñez es ignorar que su inmortal consigna “Regeneración o catástrofe” no fue un capricho dictatorial, sino un acto supremo de supervivencia existencial. Hoy, discutir sobre descentralización bajo un andamiaje institucional consolidado, puede ser legítimo; pero pretender invalidar la titánica obra de Núñez, desconociendo que el centralismo fue el salvavidas histórico que impidió que Colombia terminara fragmentada en pedazos, constituye una injusticia imperdonable.
Cristalicemos los anhelos provinciales de autonomía administrativa con la buena intención del nuevo gobierno, para tomar la apuesta de decidir el rumbo desde las regiones, pero consolidando unidos la amenazada soberanía de la patria desde nuestra gloriosa capital, Bogotá. A la vez, exaltemos el espíritu de un colombiano gigante, nuestro gran patriota Rafael Wenceslao Núñez Modelo.

