El 7 de agosto de 2026 no será una fecha cualquiera en la historia republicana de Colombia. Más allá del cambio de gobierno, el país presencia un hecho con un profundo significado institucional y simbólico, después de más de un siglo, un costeño vuelve a asumir la Presidencia de la República.
La historia inevitablemente nos conduce a Rafael Núñez, cartagenero quien lideró uno de los momentos constitucionales más trascendentales del país con la Constitución de 1886. Hoy, en un contexto completamente distinto, Colombia vuelve a mirar hacia el Caribe, no como una reivindicación regionalista, sino como una oportunidad para reafirmar que la Nación se construye desde todas sus regiones y no únicamente desde su centro político.
Como abogada, siempre he creído que el Derecho tiene una misión que trasciende la interpretación de las normas. Su propósito es preservar la confianza en las instituciones, garantizar el equilibrio del poder y recordar que la legitimidad del Estado no nace únicamente de las urnas, sino de la manera en que se ejerce el poder después de la elección.
Y es por ello que quizás el mayor desafío del nuevo gobierno no sea solamente cumplir un programa de gobierno, sino restaurar uno de los bienes públicos más deteriorados de los últimos años: la confianza.
Los colombianos anhelamos volver a creer, a tener esperanza, a recuperar la dignidad, la fe en las instituciones, a dejar de anunciar ética y valores en un discurso para convertirlos en un criterio cotidiano de gobierno; a recordar que la mejor improvasión como me decía mi abuela es la que se planea, y que las instituciones vuelven a actuar con independencia y fortaleza.
Gobernar desde las regiones no es una concesión política; es cumplir el espíritu de la Constitución. Un país verdaderamente descentralizado no administra territorios desde el centro: los escucha, los comprende y construye con ellos las decisiones que hacen posible el desarrollo nacional.
Pero sería ingenuo pensar que el futuro de Colombia depende exclusivamente de quien hoy recibe la banda presidencial. Las naciones no cambian cada cuatro años. Cambian todos los días. Y por eso somos nosotros quienes estamos llamados a construir el país conjuntamente, a cambiar de mentalidad y a dejar de pensar y creer que esto es solo un tema coyuntural del gobierno. El país cambia cuando todos nos involucramos; cambian cuando una familia decide educar a sus hijos en el respeto por la ley y por los demás. Cambian cuando un empresario actúa con integridad aun cuando nadie lo observa. Cambian cuando un servidor público recuerda que administra recursos que no le pertenecen. Cambian cuando un ciudadano deja de normalizar la corrupción, la ilegalidad o la indiferencia. El verdadero cambio comienza mucho antes de los grandes discursos y mucho después de las ceremonias oficiales.
Por eso, este nuevo comienzo representa una oportunidad que trasciende cualquier filiación política. Es la posibilidad de reencontrarnos como sociedad alrededor de principios que nunca debieron perder vigencia, la decencia, el respeto por las instituciones y la diferencia, la excelencia en el servicio público, la transparencia, la responsabilidad, la honestidad y el cumplimiento de la palabra.
Los últimos años dejaron profundas heridas, enormes divisiones, planes a media marcha y una incertidumbre que alcanzó prácticamente todos los sectores del país. Sin embargo, si algo ha demostrado Colombia a lo largo de su historia es su extraordinaria capacidad de resiliencia y tenacidad para levantarse una y otra vez. Como el ave Fénix, los colombianos hemos aprendido a reconstruirnos después de cada crisis. No porque desconozcamos nuestras dificultades, sino porque nunca hemos dejado de creer que sí se puede, y eso es esperanza.
Quizá ese sea el verdadero milagro del que hoy tanto se habla!
No únicamente haber elegido un nuevo Presidente. Ni siquiera que ese Presidente provenga de una región que durante décadas estuvo lejos del poder central. Ni que no haya tenido una carrera política previa. El verdadero milagro consiste en que millones de colombianos hayan decidido volver a creer que es posible hacer las cosas bien.
Este 7 de agosto comienza un nuevo cuatrienio. Pero, sobre todo, comienza una nueva oportunidad.
Porque, al final, Colombia no se reconstruye únicamente desde el Palacio Presidencial, se reconstruye desde cada hogar, cada empresa, cada aula de clase, cada empresa, cada oficina pública o privada, cada emprendimiento y cada ciudadano que entiende que la democracia es la responsabilidad compartida de construir país donde el poder se ejerce respetando la Constitución, las instituciones, los derechos y el bien común.

