comscore
Columna

Después del terremoto

Hoy tenemos que mirar especialmente hacia las comunidades que recibieron el mayor impacto.

Wilson Ruiz

Compartir

Hay días en los que un país entero parece detenerse por unos segundos. El día lunes 10 de agosto de 2026 fue uno de esos días. Bastó un movimiento inesperado para recordarnos que detrás de nuestras rutinas, nuestras preocupaciones y nuestras diferencias existe algo mucho más elemental: somos seres humanos frente a una naturaleza que no podemos controlar.

El miedo llegó de repente. Entró en las casas, interrumpió conversaciones, hizo correr a miles de personas hacia las calles y convirtió un día cualquiera en una experiencia que muchos tardarán en olvidar. Para quienes estuvieron en las zonas más afectadas, el impacto no terminó cuando cesó el movimiento. Comienza ahora una etapa mucho más difícil: saber qué se perdió, qué quedó en pie y cómo recuperar aquello que cambió en cuestión de segundos.

Mientras aparecían las primeras imágenes de la emergencia, aparecieron también los colombianos. Personas buscando a sus familiares, comunidades organizándose, trabajadores dejando por un momento sus obligaciones para ayudar, organismos de socorro enfrentando el riesgo y ciudadanos comunes haciendo lo que podían con las herramientas que tenían a su alcance.

Y entonces ocurrió algo que ninguna frontera geográfica puede explicar. Por unas horas dejamos de ser regiones para convertirnos en un solo país. El Pacífico miró hacia el centro, el Caribe sintió como propio el dolor de quienes estaban en las zonas afectadas y quienes venían de otros lugares llegaron no como extraños, sino como parte de una misma comunidad. Los que estaban al otro lado del país se hicieron chocoanos, pereiranos, caleños, los que nunca habían pisado esas calles sintieron que también eran suyas y quienes estaban lejos buscaron la manera de acercarse. Porque cuando la tragedia toca a uno, las distancias dejan de importar y las diferencias se vuelven pequeñas frente a lo que realmente somos: colombianos cuidando a colombianos.

Hoy tenemos que mirar especialmente hacia las comunidades que recibieron el mayor impacto. Allí no basta con nuestra solidaridad durante unas horas. Habrá que permanecer atentos cuando pase la conmoción inicial, cuando las noticias cambien de tema y cuando comience el trabajo silencioso de reparar viviendas, recuperar espacios y devolverle estabilidad a quienes perdieron parte de lo que habían construido durante años.

Porque una emergencia no termina cuando desaparecen los titulares. Para una familia que perdió su vivienda, la tragedia continúa mañana. Para quien vio afectado su negocio, la preocupación seguirá después de que desaparezca el temor inicial. Para los niños que vivieron estos momentos, quedará una experiencia que necesitará acompañamiento y tranquilidad para ser superada.

Por eso, esta tragedia también debería servirnos para recordar el valor de estar preparados, de conocer nuestras rutas de evacuación, de revisar nuestras viviendas y de fortalecer la capacidad de respuesta de nuestras comunidades. La prevención no evita que la tierra se mueva, pero sí puede cambiar la manera en que enfrentamos sus consecuencias.

Colombia no puede convertirse en un país que solamente se une cuando ocurre una tragedia. La solidaridad que hoy vemos debería acompañarnos también en los días tranquilos. Deberíamos ser capaces de mirarnos con la misma humanidad cuando no hay una emergencia que nos obligue a hacerlo.

La vida puede cambiar sin previo aviso. Las cosas que creemos permanentes pueden dejar de serlo. Por eso vale la pena cuidar más a quienes tenemos cerca, preguntar cómo está el vecino, llamar a nuestros padres, abrazar a nuestros hijos y entender que muchas de las diferencias que nos separan pierden importancia cuando la vida nos recuerda lo esencial.

A quienes estuvieron trabajando desde el primer momento, mi reconocimiento. A los bomberos, rescatistas, personal médico, policías, autoridades locales y voluntarios que pusieron su tiempo y su esfuerzo al servicio de los demás, gracias por demostrar que el compromiso con el otro todavía tiene un lugar enorme en nuestra sociedad.

Y a las familias que hoy están atravesando las consecuencias más duras de esta emergencia, quiero expresarles mi solidaridad y mi respeto.

Colombia tendrá que hacer lo que tantas veces ha hecho organizarse, ayudar, reparar y seguir construyendo. No podemos cambiar lo que ocurrió. Pero sí podemos decidir qué hacemos hoy con aquello que nos dejó.

No dejemos para mañana esa disculpa que tenemos pendiente, ese abrazo que hemos postergado, esa llamada que seguimos aplazando o esas palabras que sabemos que alguien está esperando. La vida puede cambiar en un instante y, cuando eso ocurre, entendemos que muchas diferencias, orgullos y rencores no valían tanto como creíamos. Que la tolerancia, el perdón y la capacidad de acercarnos al otro no deberían necesitar una tragedia para recordarnos que, al final, somos mucho más fuertes cuando aprendemos a vivir en paz.

Porque hay momentos que nos recuerdan lo vulnerables que somos. Y hay respuestas que nos recuerdan de qué estamos hechos.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News