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Columna

27 años sin Jaime

Si realmente decidimos y queremos que sus ideas sigan viviendo como él quería, entonces tenemos que hacer algo realmente con ellas.

Juan Diego Rozo Ávila

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Jamás me cansaré cada 13 de agosto homenajear a Jaime, porque siento que tanto yo y miles de jóvenes han impactado en nuestra vida y gracias a él, sus ideas que no han muerto, puedo decir con orgullo que tengo un pensamiento crítico bueno. Colombia, y los jóvenes de nuestra generación, hace 27 años perdió una de las voces que con su ingenio e inteligencia convirtió la crítica política del día a día en una forma de resistencia, que se burló del poder para mostrarnos la realidad de nuestro país, y demostrándonos que para entender ese “humor” hay que estar bien informados. Pero 27 años después me cuestiono demasiado qué concepto tendría Garzón con el país que tenemos actualmente, creo que sería interesante; pero habría una pregunta que estoy seguro nos haría el propio Jaime: ¿Qué estamos haciendo los jóvenes con el país que heredamos?

Quizá la respuesta no es esperar siempre quien nos lidera, porque Jaime en algún momento lo dijo: si no nos gusta liderar, fomentar la participación y las ganas de hacer país, apague todo y vámonos; no podemos siempre esperar a que los politiqueros de siempre nos “arreglen el problema”. Si no usamos los elementos que nos deja la Constitución, por ejemplo, el derecho al voto, si no hacemos uso de nada de eso, estamos fallando como ciudadanos. Yo siento que ser joven en Colombia en este momento es muy berraco, es crecer lleno de contradicciones en donde nos dicen que debemos de interesarnos por nuestro país, pero cuando lo hacemos y fomentamos la participación en él, nos sacan la excusa de “son muy pequeños” o según ellos incomodamos cuando intentamos cuestionarnos muchas cosas, y entonces algunos se preguntan: ¿Es necesario cuestionarnos? Pero por otro lado nos siguen diciendo “construyan democracia, ustedes son el futuro”. Y cuando no pueden callarnos, nos tratan como “cáncer” según la ultraderecha y el nuevo gobierno como se vio hace poco arrematando contra nuestro IPN.

Por eso siento que recordar a Jaime no se debe quedar en homenajearlo cada 13 de agosto. Si realmente decidimos y queremos que sus ideas sigan viviendo como él quería, entonces tenemos que hacer algo realmente con ellas. No tendría sentido repetir sus frases, ver una y otra vez conferencias de él y hablar de su legado durante un día para después olvidarnos de que literalmente expuso y entregó su vida para enseñarnos a construir país; algo que me caracteriza con Jaime es que siempre estamos hablando en broma y literal uno termina siempre hablando mucha mierda, pero si tuviéramos la capacidad de poner atención, entenderíamos muchas realidades del país. Las ideas únicamente se quedarán vivas cuando alguien decide llevarlas al presente, no habrá otro presente, es ya o nunca. Jaime quería que aquello que decía pudiera seguir teniendo fuerza años después.

Que sigamos preguntándonos cada vez más el por qué las cosas son como son, que no aceptemos el abuso del poder como algo normal y que entendamos que participar en Colombia también significa cuestionar y poner en riesgo totalmente nuestra vida. Para mí, eso también es una forma de resistencia. No hablo de una resistencia basada en el odio, porque tenemos que meternos a la cabeza que del odio no queda nada bueno, ni en convertir al que piensa diferente en un enemigo. Hablo de resistir desde las ideas, desde la educación, desde la memoria, desde la participación y desde la capacidad de defender nuestras ideas con argumentos; por eso insisto demasiado al igual que Jaime que hay que estar bien informados en todo. Porque si algo he aprendido de Jaime es que un país también se transforma cuando sus ciudadanos deciden no quedarse callados.

Hay una frase que me parece muy bonita, la cual es del artículo 12 de la Constitución Política de Colombia de 1991 y ha quedado profundamente asociada a Jaime; a su manera de imaginar un país distinto: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente”. Desde que supe de su existencia, cambia demasiado como vemos las cosas, y la menciono últimamente en muchas cosas, porque quizás si cada colombiano supiera la existencia de este artículo, aunque fuera solamente una pequeña parte de Colombia, ya estaríamos construyendo un país mucho más digno para vivir. No necesitamos estar de acuerdo en todo, como lo dije al principio: el que piensa distinto no es diferente y no hay que juzgarlo, siempre con argumentos, ideas y respeto. No necesitamos votar por los mismos candidatos, tener las mismas ideas o pensar de la misma manera. Necesitamos aprender que el otro sigue siendo una persona incluso cuando piensa diferente, con que cada ser sepa eso, ya estamos haciendo algo; Jaime estaría contento. Y eso, precisamente eso, es lo que más necesitamos recordar durante los años que vienen.

Se vienen tiempos difíciles para Colombia y no creo que la respuesta sea abandonar nuestras ideas ni dudar jamás de ellas, ni dejar que el miedo nos quite la voz. Si algo nos dejó Jaime fue precisamente la posibilidad de resistir desde la palabra y el criterio, desde el pensamiento crítico y desde la convicción de que otro país es posible, siempre será posible.

No sé qué habría pensado Jaime si pudiera saber que yo, un joven de 16 años, 27 años después de su asesinato, estaría escribiendo sobre él antes de viajar a Argentina. Pero sí sé algo: si hoy puedo hacerlo, si hoy tengo la posibilidad de preguntar, escribir, participar y llevar conmigo las historias de mi país, una pequeña parte de ese camino también lleva su nombre. Gracias a él podré estar en un congreso en Buenos Aires, Argentina representando a nuestra amada Colombia y a los jóvenes de todo el mundo en estos tiempos de incertidumbre en todo ámbito y me llena de orgullo saber que hablaré de él con personas que posiblemente no conocen su historia.

Gracias infinitas, Jaime. Por enseñarme que la política también puede cuestionarse con inteligencia, que el humor puede convertirse en resistencia y que ser joven nunca fue una razón para quedarse callado y con miedo. Me voy a Argentina con muchas preguntas, con muchas ganas de aprender como siempre lo recalcabas y, sobre todo, con la responsabilidad de regresar para seguir haciendo ruido. Porque han pasado 27 años sin Jaime, pero todavía estamos aquí, preguntando, cuestionando, escuchando y sobre todo resistiendo. Y mientras existamos los jóvenes, estamos dispuestos a hacerlo, quizá sus ideas no hayan muerto. “La muerte no volverá”.

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