Columna

La opinión fabricada

“La publicidad política descubrió que no necesita argumentar; le basta narrar. Vende candidatos como marcas y sustituye la deliberación por la emoción...”.

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“El símbolo da que pensar”: Paul Ricoeur.

Nadie accede de frente al mundo político. Lo habita a través de relatos. Lippmann lo dijo hace un siglo, obramos sobre imágenes y no sobre el mundo. Ricoeur se negó a reducir la ideología a mentira. Integra a la comunidad, legitima el poder y, en su forma degradada, distorsiona lo real. La opinión pública nunca fue espontánea, fue interpretación compartida. La pregunta decisiva es quién la fabrica.

La publicidad política descubrió que no necesita argumentar; le basta narrar. Vende candidatos como marcas y sustituye la deliberación por la emoción. El rótulo que condena al adversario sin oírlo es el antisímbolo. Donde el símbolo pide ser interpretado, el rótulo clausura. Europa pensó el fenómeno desde el totalitarismo y su ministerio de propaganda; Hispanoamérica lo conoce por otro camino. El caudillo prescinde del ministerio, porque encarna el relato en un cuerpo. Laclau vio ahí la operación misma de lo político; pero un nombre que releva de argumentar no amplía la deliberación, la sustituye, y ahorra a la ciudadanía el trabajo de formarse la propia.

La inteligencia artificial hereda ambas tradiciones y las excede. La segmentación del elector no es nueva; lo nuevo no es la escala. Donde el publicista enviaba un anuncio calibrado, el algoritmo ofrece un interlocutor sintético para cada ciudadano, un discurso que conversa, persuade y se ajusta en tiempo real. El publicista y el caudillo fabricaban un relato para todos, y un relato común, aun falso, podía confrontarse en la plaza. El algoritmo amenaza con sustituir la opinión pública por millones de opiniones privadas, y contra el relato privado no existe plaza. El mundo común de Arendt, la mesa que reúne y separa, está en riesgo.

El Caribe colombiano guarda el caso inverso. A pocas horas de estas murallas, los cimarrones de los Montes de María le arrancaron a la corona una cédula real en 1691, aunque su libertad solo se hiciera efectiva entrado el siglo siguiente. San Basilio de Palenque no recibió su libertad, la negoció. Y forjó también una lengua propia. Tomó del amo el vocabulario y le impuso otra gramática. En palenquero la negación va al final de la frase, donde el castellano estándar no la pone. No es dispersión. La diferencia está entre la lengua que una comunidad se da y la que recibe ya escrita. Nombrarse a sí mismo llegó a ser parte de ser libre. Lo que la filosofía europea formula como teoría, esta orilla lo vivió como historia.

Ricoeur no se detuvo en la sospecha. Frente a ella puso la restauración del sentido. La crítica de la ideología se ejerce siempre desde dentro de la pertenencia. No hay mirador. Nadie vive sin relatos. No podemos renunciar a ellos, pero podemos exigirles que rindan cuentas y negarnos a recibir la identidad ya redactada. Palenque lo recuerda. La opinión que no se forma a sí misma será formada por otros: ayer por el publicista, hoy por el algoritmo, siempre por el poder.

*ipsa res iusta.

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