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Columna

Los neorreaccionarios y la tentación autoritaria

“Si no queremos que la frustración ciudadana termine abonando el terreno para propuestas como la ‘Ilustración Oscura’, el desafío del nuevo gobierno será demostrar que...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Immanuel Kant condensó el espíritu de la Ilustración en una expresión: Sapere aude, “atrévete a saber”; ten el valor de servirte de tu propia razón sin la tutela de otros. Aquel ideal de autonomía contribuyó a cimentar la libertad moderna y, posteriormente, la dignidad humana, la igualdad y la democracia. Casi dos siglos y medio después, los autodenominados “neorreaccionarios” cuestionan muchas de esas conquistas bajo un nombre deliberadamente provocador: la “Ilustración Oscura”.

Como señalé en una columna anterior, el neorreaccionarismo, asociado a Curtis Yarvin y posteriormente desarrollado por Nick Land, cuestiona los fundamentos de la democracia, a la que atribuye incentivos incompatibles con la eficiencia gubernamental y la libertad económica. Su crítica parte de una tesis polémica: las elecciones generan incentivos perversos. Los políticos prometen beneficios para conquistar electores, expanden el gasto y privilegian decisiones cortoplacistas para conservar el poder. Peter Thiel llevó esa desconfianza al extremo cuando afirmó: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”

La solución neorreaccionaria no busca mejorar la democracia, sino sustituirla. Yarvin propone el “neocameralismo”: un modelo en el que el Estado funcionaría como una corporación, administrada por una autoridad ejecutiva con amplios poderes y orientada por criterios de eficiencia. El voto cede protagonismo a la lógica de la gestión y el ciudadano se transforma en cliente o accionista: si el gobierno no le satisface, no lo reemplaza; se marcha.

Por ahora parece una propuesta extravagante; sin embargo, en sociedades con altos índices de corrupción, inseguridad, pobreza e ineficiencia estatal, puede resultar seductor considerar que sería más fácil gobernar sin tantos debates, procedimientos, controles y contrapesos. Colombia conoce bien esa inclinación. Izquierda y derecha han descubierto que el Congreso incomoda cuando controla, los jueces molestan cuando limitan y los procedimientos estorban cuando retrasan decisiones. Cambian las ideologías y los gobiernos, pero no la tentación autoritaria.

Hasta hoy, el desencanto democrático ha favorecido liderazgos populistas y mesiánicos que prometen resolver, mediante la concentración del poder, aquello que las instituciones no han solucionado eficazmente. Pero esa fórmula también muestra signos de agotamiento. Si no queremos que la frustración ciudadana termine abonando el terreno para propuestas como la ‘Ilustración Oscura’, el desafío del nuevo gobierno -y de los que vendrán- será demostrar que democracia y eficiencia no son incompatibles; que para gobernar no se necesita prescindir de los controles, sino que se puede ser eficaz respetándolos; y que se pueden mejorar las condiciones de vida, recuperar la seguridad y hacer funcionar al Estado honrando la ética pública y los límites constitucionales.

Congreso, jueces, oposición y organismos de control pueden hacer más lentas algunas decisiones; pero esa aparente lentitud es el precio que pagamos por limitar el poder y preservar la libertad. Dos siglos después de Kant, conviene recordar que la autonomía política implica el derecho, pero también la responsabilidad de pensar, decidir y exigir razones a quienes gobiernan.

*Profesor Universitario.

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