Cuando planteamos la idea de un banco nacional de ADN aparece un rechazo inmediato. La capacidad de vigilancia estatal es la objeción principal. Por lo tanto es necesario plantear la discusión desde otra óptica, porque no se trata de un temor irracional, ya que el ADN contiene información más sensible que una huella dactilar o una fotografía.
De forma continua las sociedades modernas han expandido sus capacidades de registro y conocimiento poblacional conforme aumenta su complejidad y aparecen nuevas necesidades.
Censos, registro civil, huellas dactilares, fotografía oficial, biometría o las bases centralizadas de salud generaron, en su momento, fuertes resistencias. Al principio fueron vistos como formas excesivas de intromisión estatal; sin embargo, terminaron incorporándose en el día a día de la vida moderna.

Mezquindad: la verdadera tragedia
MARÍA CAROLINA CÁRDENAS RAMOSSe nos ha venido encima otra transición. Mientras aumenta la cremación y otros métodos de destrucción acelerada del cuerpo, las ciencias biológicas descubren capacidades cada vez mayores para extraer información de tejidos preservados. Mucho de lo que sabemos sobre epidemias antiguas, mutaciones, migraciones o contaminación ambiental proviene de restos biológicos conservados durante siglos. Los datos no sustituyen los tejidos. Los documentos registran lo que una sociedad consideraba importante conservar; ADN y tejidos contienen, además, información que todavía no sabemos interpretar. Muchas de las preguntas científicas actuales ni siquiera podían imaginarse hace cien años. Me pregunto entonces si los Estados modernos deberían comenzar a preservar sistemáticamente parte de su memoria molecular.
No es una idea descabellada. Ya existen grandes biobancos como UK Biobank en Reino Unido, deCODE genetics en Islandia o All of Us en Estados Unidos. No obstante, estos proyectos están orientados en principio hacia investigación médica contemporánea. No funcionan todavía como archivos biológicos integrales de poblaciones completas ni como infraestructura permanente de memoria histórica molecular. Sé que esto terminará cambiando, porque por primera vez en la historia una civilización posee al mismo tiempo la capacidad de secuenciar ADN masivamente, almacenarlo por décadas y comprender el enorme valor científico de la información biológica humana. Un depósito poblacional obligatorio de ADN y muestras básicas -obtenidas, por ejemplo, al nacimiento y al morir- podría cumplir funciones de identificación, investigación y preservación histórica de largo plazo. Una comparación molecular de esos dos momentos permitiría estudiar envejecimiento biológico, impacto ambiental, acumulación mutacional, cambios epigenéticos, microbiomas, exposición a contaminantes y evolución de enfermedades mediante técnicas que quizá aun no existen. Una propuesta así exigiría límites jurídicos extraordinarios, como la prohibición absoluta de explotación comercial, acceso policial excepcional y supervisión científica independiente. Toda herramienta de registro puede ser al mismo tiempo instrumento de vigilancia y arquitectura de memoria colectiva y conocimiento.
Los cementerios funcionaron por accidente como depósitos biológicos de la especie humana, pero la modernidad está destruyendo ese archivo mientras aumenta el valor científico del ADN. Debemos empezar a considerar la memoria biológica como parte del patrimonio colectivo y vale la pena preservarlo.