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Columna

Solidaridad

“Aquí hay un excelente campo para que, desde todas las instituciones públicas y las privadas se propicien reflexiones y acciones para construir una mejor sociedad...”.

RAÚL PANIAGUA BEDOYA

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Es común que cuando se presentan eventos inesperados de gran magnitud y con múltiples consecuencias, como el terremoto de hace casi dos meses en Venezuela y el de hace 8 días con incidencia en casi todo el occidente colombiano, surjan preguntas del más diverso tipo, que se pueden resumir en tres: 1. Qué pasaría si un terremoto se presenta en nuestra ciudad. 2. Cuál es la capacidad y disposición de movilización de la sociedad civil frente a los desastres, y 3. Cuál es la capacidad institucional de responder a este tipo de eventos. Obviamente se escuchan muchas respuestas, con unas constantes, en varias personas consultadas: el pesimismo, la insolidaridad, la idea de que el desastre afectará especialmente a los más pobres, la respuesta lenta y discrecional de las instituciones públicas, atendiendo especialmente a los sectores más visibles y con mayor capacidad de gestión, y a las comunidades respondiendo y resolviendo a su manera los efectos del fenómeno natural.

Una palabra clave en estos fenómenos es la solidaridad. Si partimos de algunos enunciados esenciales, nos indican que la solidaridad es una actitud o comportamiento basado en intereses comunes, en metas colectivas compartidas por los ciudadanos, a la disposición de dar o ayudar sin recibir nada a cambio y a actuar sin fines de lucro. En sociedades primarias la solidaridad se fundamenta en relaciones de parentesco, pero en sociedades grandes se sustentan en la cohesión social y es esta expresión donde casi todos los consultados expresan sus temores, no solo por lo que representa Cartagena hoy, también por la poca acción que se ejerce sobre la construcción de tejido social, tanto desde la escuela como desde instituciones que deberían hacerlo. En el análisis de nuestra sociedad rápidamente aparecen conceptos como discriminación, exclusión y fragmentación como determinantes de las relaciones que se han venido perpetuando y que hacen casi imposible la construcción de una sociedad basada en la cohesión social, en el sentimiento de solidaridad, de compasión, de responsabilidad conjunta, de enfrentamiento y superación de las adversidades. Aquí tememos un campo que demanda de todos una reflexión y en especial unos cambios que impliquen transformar la percepción del otro, la forma de relacionarnos, de reconocernos.

Una preocupación especial surge cuando se escuchan respuestas frente a las capacidades de las comunidades y de las instituciones, para responder a los efectos de estos eventos. Hay un consenso sobre las limitaciones de la sociedad civil, pues en buena medida hoy no tenemos experiencias positivas de actuación ante fenómenos adversos y tampoco se ha dado una preparación para ello y respecto a las instituciones públicas, lo que se evidencia es la desconfianza, la sensación de sus limitaciones, de su inoperancia, descoordinación y falta de visión y compromiso. Aquí hay un excelente campo para que, desde todas las instituciones públicas y las privadas se propicien reflexiones y acciones para construir una mejor sociedad, con adecuadas capacidades de responder a lo imprevisto, pero no imposible.

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