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Columna

Conceptos de fondo

El objetivo neurálgico para progresar es hacer la paz en las regiones, respetando sus particularidades y potencialidades.

EDUARDO VERANO DE LA ROSA

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Lo primordial es que al país le vaya bien y, para lograrlo, es imperativo actuar con rectitud. El liderazgo político debe operar bajo el mismo principio que un piloto de avión: no basta con volar alto; se requiere mirar con perspectiva hacia el horizonte para trazar rumbos seguros. Solo con esa visión de largo aliento es posible construir procesos sólidos que nos conduzcan, verdaderamente, hacia la convivencia ciudadana y la paz.

El objetivo neurálgico para progresar es hacer la paz en las regiones, respetando sus particularidades y potencialidades. Nadie entiende mejor los problemas de inseguridad que quienes viven y padecen su propio territorio.

Para esto, se requiere no solo un orden conceptual e ideológico, sino también una organización del Estado dedicada sistemáticamente a edificar la paz. Esto es indispensable para frenar el enriquecimiento ilícito derivado de la extorsión, el narcotráfico y otros delitos urbanos; flagelos que disparan las tasas de homicidio, alimentan el miedo colectivo y arraigan la violencia social.

La seguridad ciudadana obliga a diseñar una política integral contra la actividad criminal y la delincuencia juvenil, la cual debe articularse con estrategias de integración regional. Este enfoque local, común en las grandes naciones desarrolladas, resulta aún más necesario en los países en vías de desarrollo.

Por su parte, la inclusión social mitiga sustancialmente el miedo colectivo, un factor que paraliza a la sociedad y frena el desarrollo económico debido a que la gente deja de invertir.

En este sentido, el Estado debe garantizar que los procesos religiosos —lejos de imponer un confesionalismo— respeten la libertad de culto y la conciencia ciudadana, ofreciendo un entorno seguro donde la población actúe libremente en la búsqueda de su tranquilidad y de la paz.

El fortalecimiento del sistema de seguridad será el eje central de este Gobierno. Este es el interés fundamental del presidente Abelardo de la Espriella y del vicepresidente Restrepo, un coequipero que responde a una vertiente católica tradicional —afín a la escuela Emmaus— y de marcada cercanía al Opus Dei.

El presidente, por su parte, es de una escuela mucho más fresca y con una actitud hacia un control riguroso de las actividades del Estado en función de la pacificación y de la disminución de la violencia.

En este punto, resulta interesante observar la evolución del proceso electoral desde su inicio. En un principio, Iván Cepeda se ubicaba por encima de Abelardo de la Espriella en las mediciones; luego se registró un empate y, finalmente, la balanza se inclinó a favor de Abelardo.

Este comportamiento demuestra que la postura y gestión de Gustavo Petro fue un factor determinante en el desarrollo de la contienda política. Ahora, el presidente de la Espriella ha enviado un mensaje claro sobre el enfoque de su gobierno mediante el gabinete ministerial elegido.

Aún queda pendiente la designación en el Departamento Nacional de Planeación, entidad encargada de formular, en un plazo menor a tres meses, el Plan Nacional de Desarrollo. Este documento deberá construirse mediante un proceso participativo con todos los estamentos de la nación para legitimarlo y darle mayor fuerza.

En conclusión, todo este engranaje debe ejecutarse con una actividad estatal robusta y técnica, y no depender únicamente del carisma gubernamental.

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