Columna

Un abrazo inolvidable

“Enero de 1999 no fue un mes cualquiera para Colombia. Mientras el Eje Cafetero se sumía en el dolor, el escombro y el llanto tras el devastador terremoto que sacudió a Armenia y a otros 27 municipios...”.

Willy Martínez

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La memoria de la solidaridad no caduca; a veces solo espera el momento de ser rescatada del fondo de los archivos, para recordarnos de qué estamos hechos los colombianos cuando la tierra decide temblar.

Hoy escribo esta columna acudiendo a la memoria, para narrar una travesía solidaria desde Guyana hasta el corazón de la patria.

Enero de 1999 no fue un mes cualquiera para Colombia. Mientras el Eje Cafetero se sumía en el dolor, el escombro y el llanto tras el devastador terremoto que sacudió a Armenia y a otros 27 municipios, la diplomacia se puso al servicio de la vida desde los lugares más insospechados. En esos días aciagos, desde mi posición como embajador de Colombia en Guyana, comprendí que la patria no se mide en kilómetros de frontera, sino en la prontitud del abrazo.

La respuesta de la sociedad guyanesa superó cualquier protocolo. La emblemática empresa azucarera GUYSUCO, no dudó en abrir sus bodegas para donar toneladas de azúcar; los productores arroceros del país y las industrias madereras secundaron el gesto con cargamentos vitales para mitigar la emergencia. Faltaba, sin embargo, lo más difícil: cruzar el Caribe con toneladas de carga humanitaria sin un centavo de presupuesto logístico. Fue allí donde la generosidad encontró un nombre propio en el empresario Jhon Fernández, quien dispuso un barco de su flota para transportar todas estas donaciones hasta el muelle de Cartagena.

Al tocar puerto en La Heroica, la operación engranó con el pulso frenético que imprimía el alcalde Nicolás Curi Vergara. Bajo su liderazgo, y con la colaboración del despacho local de atención y desastres de la Presidencia de la República, a cargo de José Yepes De Los Ríos, asumieron la recepción de la carga, organizando de inmediato el reenvío oportuno de los víveres y materiales hacia el maltrecho Eje Cafetero. En paralelo, la institucionalidad del país buscaba cauce bajo la mirada del presidente Andrés Pastrana, quien dio instrucciones de emergencia, mientras el sector privado -como bien lo atestiguan los archivos de la Fundación Mario Santo Domingo y el liderazgo de Pablo Gabriel Obregón- tejían los hilos invisibles que sostenían la esperanza nacional.

Hoy, al repasar aquellos cuadernos de bitácora y comprobar cómo el Caribe colombiano y el Caribe continental se unieron en un solo pulso humanitario, queda la certeza de que los desastres revelan la verdadera catadura de los pueblos. Aquel barco de Jhon Fernández no solo atracó con azúcar, arroz y madera; atracó con la prueba viva de que la diplomacia humanitaria, cuando se cruza con la voluntad de líderes sensibles y el esfuerzo anónimo de tantas manos, es capaz de desafiar la distancia y devolverle el latido a una nación herida.

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