Apenas abrimos la Galería de la Plaza de la Paz como centro de acopio para apoyar a los damnificados por el terremoto, una niña de solo cinco años se acercó con una bolsa en la mano y me dijo: “Toma, esta es mi merienda de hoy para el Chocó”. En el brillo de sus ojos entendí que no estábamos entregando simples suministros; estábamos alimentando la esperanza y dando un buen ejemplo a esta nueva generación.
A partir de ese instante, el desfile de afectos fue interminable. Nos conmovió profundamente ver la llegada constante de familias humildes de nuestros barrios que, tras presenciar en televisión la tragedia del Chocó, venían con el corazón en la mano a entregar alimentos, medicamentos y ropa. No daban lo que les sobraba; compartían lo poco que tenían con una generosidad conmovedora.
Llegó una religiosa con alumnos de un colegio popular de Barranquilla cargando pequeños aportes; vinieron albañiles directo de sus jornadas de trabajo. En fin, personas de todas las condiciones sociales demostraron que el corazón del Atlántico no solo late con efusividad, sino que se agiganta ante la adversidad. Cuando el dolor de un hermano llama a la puerta, nuestro pueblo no duda en abrir los brazos.
Han sido días ininterrumpidos de una verdadera fiesta de la solidaridad. Había pedido a través de los medios de comunicación que el Atlántico fuera generoso, recordando la mano extendida que recibimos de todo el país durante las graves inundaciones de 2010. Y la respuesta de nuestra gente superó cualquier expectativa: nos demostraron que la gratitud es la memoria del corazón.
Recibimos carpas, medicinas, enlatados e incluso alimento para animales, pues la ciudadanía comprendió que cada vida cuenta. Vivimos un verdadero desbordamiento de humanidad: 130 toneladas de amor fraterno, entre ropa, velas, plantas eléctricas, lámparas y víveres. Decenas de voluntarias se sumaron sin descanso para clasificar cada donación destinada a las poblaciones chocoanas.
Los artistas también alzaron su voz para amplificar esta cadena de favores. En un momento, con mi equipo de trabajo, decidimos levantar los controles de acceso para que la entrega fuera espontánea y libre. La emoción era palpable; el alma de nuestra gente se conmueve profundamente ante la tragedia.
Esta vez, en articulación con la Federación Nacional de Departamentos (FND), asumimos el compromiso de que el Atlántico apadrinaría al Chocó, mientras otras regiones abrazarían a la zona cafetera. Porque apadrinar no es solo enviar ayuda material: es decirle al Chocó que no está solo, que su dolor es nuestro dolor y que nos levantaremos juntos.
Afrontamos como comunidad los estragos de este terremoto que, según las estadísticas, ha sido uno de los más severos y devastadores para la vida cotidiana de nuestras familias colombianas. Hoy, el Chocó cuenta con nuestra solidaridad incondicional.
La solidaridad es la fuerza humana que nos mueve a actuar ante la adversidad. Es un acto colectivo de empatía que se rige por un principio noble y profundo: hoy por ti, mañana por mí.
El Atlántico respondió con creces porque aprendió que la verdadera grandeza de un pueblo no se mide por sus riquezas, sino por la capacidad de abrazar a quien más lo necesita.
Chocó, eres nuestro departamento hermano: ven y pasemos este trago amargo juntos; avancemos, porque el camino está trazado.
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