Columna

La Hispanidad como proyecto (III)

“¿Tiene sentido hablar de Hispanidad en el siglo XXI? Y si lo tiene, ¿en qué debe consistir la Hispanidad para ser un proyecto de utilidad para los hispanos actuales?“.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Las dos últimas semanas dediqué esta columna a hablar de la Hispanidad como proyecto. Una nueva identificación colectiva que parece que, tras dos décadas de indigenismo asumido por la izquierda, la derecha quiere potenciar. La semana pasada les indiqué que la derecha hace bien en retomar el proyecto de la Hispanidad, pero siempre que lo plantee como algo transversal, como un proyecto nacional que no excluya a nadie y al que puedan unirse todos los ciudadanos. Hoy quiero concluir respondiendo a dos preguntas que lancé en la primera columna: ¿Tiene sentido hablar de Hispanidad en el siglo XXI? Y si lo tiene, ¿en qué debe consistir la Hispanidad para ser un proyecto de utilidad para los hispanos actuales?

Empecemos por la segunda. La Hispanidad como proyecto debe ser vista desde una doble perspectiva. Por un lado, como una identificación colectiva que lleve a los hispanoamericanos no sólo a verse ‘espiritualmente’ como parte de un todo, sino a serlo materialmente. Colombianos, mejicanos o españoles, que hace 200 años dejaron de ser miembros de una misma Nación, deben volver a serlo; ero no simplemente como aceptación de una cultura compartida. No únicamente como el reconocimiento de un pasado, una lengua y unas tradiciones comunes. La Hispanidad como proyecto es eso, pero debe ir mucho más allá. Se trata de reconstruir lo que se rompió y volver a formar una Nación de dos hemisferios (parafraseando la Constitución gaditana de 1812). Hacerlo implicará cambios constitucionales trascendentales. No se hará en un día y no será sencillo. La Hispanidad como proyecto implica revelarse contra la alienación colectiva en la que vivimos hace dos siglos y por la que vemos como a extranjeros a los que siempre fueron connacionales.

Adicionalmente, la Hispanidad como proyecto implica una serie de valores que conectan con una tradición que es hija de Roma y que lleva a ideas como el bien común o el mestizaje, y también a una cosmovisión que hunde sus raíces en el pensamiento cristiano. Una transformación política tan trascendental sólo puede tener éxito si detrás de ella hay un proyecto nacional construido sobre unos valores que los ciudadanos compartan y con los que se identifiquen. Valores que les doten de una identidad colectiva de la que sentirse orgullosos y con la que mirar al futuro con esperanza. Entonces, ¿en esta época de modernid ad líquida que es el siglo XXI tiene sentido la Hispanidad como proyecto nacional construido sobre valores? Más que nunca.

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