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Columna

El gato angora (3)

“El impecable atuendo blanco del maestro quedó manchado de rojo y la afrenta se convirtió en una triste historia. El agresor huyó. Nunca más se supo de su suerte”.

Eduardo García Martínez

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El prestigio de La Esperanza viene de lejos. Ha sido bordado por maestros entregados a la enseñanza con fervor, sin límites, conducidos con visión y perseverancia por la familia Irisarri. Fundado por Abel María Irisarri en 1870, es el más reconocido de Cartagena y la Costa Caribe. Sus alumnos llevan ese mérito a donde van: “Si estudias en La Esperanza eres un privilegiado”, suele decir la gente; pero manejar un internado de casi 300 estudiantes no es fácil. A pesar de la buena voluntad, el don de mando, el interés en formar individuos rectos y equilibrados no siempre se logran resultados halagadores.

Cuando las recomendaciones de los maestros no encajan en la mente de los estudiantes, sobreviene la desobediencia. Pudo ser lo que ocurrió un desafortunado día en el internado, cuando Bonfantí, reconocido peleador de la colonia barranquillera, la emprendió a golpes contra ‘Mariavarilla’. De un puñetazo le produjo una herida profunda en uno de sus pómulos y lo lanzó al piso lavado en sangre. El impecable atuendo blanco del maestro quedó manchado de rojo y la afrenta se convirtió en una triste historia. El agresor huyó. Nunca más se supo de su suerte.

El comedor del internado tiene dos pisos. Es amplio y bullicioso. Los estudiantes pudientes agregan a la comida formal viandas enviadas por sus padres: queso, carne salada, conejos ahumados, suero, galletas, casabe. Los menos afortunados se conforman con comprar en la tienda manejada por el señor Jinete, Kola Román y pan de sal para preparar exquisitos ‘tóxicos’. El rector Antonio María Irisarri vive del otro lado del comedor, en una mansión colonial. Es alto, robusto y a veces entra en cólera ante desafueros de los internos. Como la vez que se formó una batalla con bolas de arroz en el almuerzo, acompañada de una gritería incesante. De la nada apareció Irisarri, rojo como un pargo, para lanzar su frase de recordación: “Cállense, partida de salvajes, venidos de la manigua”. El denso silencio que sobrevino le imprimió al rector un aire espectral.

Los jueves y viernes nos llevan por el boquetillo de la muralla al playón frente al mar, para jugar béisbol y disfrutar de tardes encantadoras.

Los domingos vamos al Hospital Santa Clara para oír misa. Fernández y yo nos volamos de la capilla para ir al anfiteatro a mirar los muertos que yacen sobre camillas de metal. Es nuestro secreto, como el del Gato angora, que voy conociendo poco a poco. No es invención, es realidad. Materialización del ojo avizor que pregona el querido maestro ‘Mariavarilla’. Ya verán.

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